Suelta una risa quebradiza.
“Oh, ¿ahora eres noble?”, retruca. “¿Ahora la defiendes?”
Un viejo instinto se agita en tu pecho, el moldeado por años de cenas familiares y expectativas silenciosas. La voz que susurra: Cállate. No lo empeores. No avergüences a nadie.
Pero ya lo hizo.
Y ya no eres más que un simple accesorio en la narrativa de alguien.
Levantas la barbilla, sintiendo cómo tu columna vertebral recuerda cómo mantenerte erguida.
"No", respondes, con la voz más firme de lo que esperabas. "No puedes llamarme egoísta el día que intentaste convertir mi vida en tu premio".
Un murmullo se extiende entre los invitados.
Los ojos de Valentina brillan, revelando a la niña testaruda que una vez fue. Luego, su rostro se suaviza con una expresión de dolor practicada.
"Lo besaste primero", dice.
Es un cebo astuto, simple y mordaz.
Miras a Diego. Su pequeño asentimiento te lo dice todo: Dilo con sinceridad.
"Tienes razón", respondes. "Lo besé primero. Después de que estuvieras en la mesa de mis padres, de la mano de mi prometido, anunciando tu embarazo como si yo no existiera".
Tu madre inhala profundamente.
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