Mi hermana y yo fuimos separadas en un orfanato; 32 años después, vi la pulsera que había hecho para una niña.

"¿Y Mia?", pregunté.
Su sonrisa se desvaneció levemente.
"No están listos para dos niños. Todavía es pequeña. Otra familia vendrá por ella. Ya se verán algún día".

"No me iré", dije. "No sin ella".

"No tienes elección", respondió con dulzura. "Tienes que ser valiente".

Esa palabra, valiente, significaba hacer lo que te dicen.

El día que me llevaron, Mia se abrazó a mi cintura y gritó. ¡No te vayas, Lena! ¡Por favor! ¡Me portaré bien, lo prometo!

La abracé tan fuerte que un miembro del personal tuvo que arrancármela de los brazos.

"Te encontraré", susurraba sin parar. "Lo prometo".

Seguía llamándome por mi nombre mientras me subían al coche.

Ese sonido me acompañó durante décadas.

Mi familia adoptiva vivía en otro estado. No eran crueles. Me daban comida, ropa y mi propia cama. Me llamaban afortunada.

También odiaban hablar de mi pasado.

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