Mi hermana y yo fuimos separadas en un orfanato; 32 años después, vi la pulsera que había hecho para una niña.

"Ya no tienes que pensar en el orfanato", decía mi madre adoptiva. "Ahora somos tu familia".

Así que aprendí a dejar de mencionar a Mia en voz alta.

Pero en mi mente, ella nunca desapareció.

Cuando cumplí dieciocho, volví al orfanato. Nuevo personal. Nuevos niños. Las mismas paredes descascarilladas.

Les puse mi antiguo nombre, mi nuevo nombre, el nombre de mi hermana. Una mujer regresó con una carpeta delgada.

“Fue adoptada poco después de ti”, dijo. “Le cambiaron el nombre. Su expediente está sellado”.

Lo intenté de nuevo años después. La misma respuesta.
Expediente sellado. Sin detalles.

La vida siguió. Estudié, trabajé, me casé demasiado joven, me divorcié, me mudé, ascendí. Desde fuera, parecía una mujer adulta normal con una vida estable y un poco aburrida.

Por dentro, mi hermana nunca me dejó.
Entonces, el año pasado, todo cambió.

Estaba en un breve viaje de negocios a otra ciudad, nada especial. Una noche, pasé por un supermercado. Estaba cansada, distraída, me dirigía al pasillo de las galletas.

Fue entonces cuando la vi.

Una niña pequeña estaba allí, comparando cuidadosamente dos cajas de galletas. Al levantar el brazo, la manga de su chaqueta se deslizó hacia atrás.

En su muñeca llevaba una pulsera fina y torcida: roja y azul.

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