“¿Cómo lo sabes?”
“Hice dos pulseras así”, dije. “Una para mí. Otra para mi hermanita”.
Me miró fijamente.
“Mi hermana se llamaba Elena”.
“Así me llamo”, dije.
Nos quedamos allí, atónitas, en medio del pasillo de galletas, mientras la vida seguía su curso a nuestro alrededor.
Fuimos a una pequeña cafetería al lado. Su hija, Lily, pidió chocolate caliente. Nosotras pedimos café que apenas probamos.
De cerca, no había duda. Era Mia. Solo que mayor.
“Pensé que me habías olvidado”, dijo entre lágrimas.
“Nunca”, respondí. “Pensé que me habías olvidado”.
Nos reímos, esa clase de risa que trae dolor y alivio a la vez.
Me dijo que había guardado la pulsera en una caja durante años. Cuando Lily cumplió ocho años, se la regaló. “No quería que desapareciera”, dijo.
Antes de irnos, me miró y dijo:
“Seguiste
Tu promesa.”
La abracé.
Después de treinta y dos años, por fin había encontrado a mi hermana.
No fingimos que el tiempo no había pasado. Empezamos poco a poco: mensajes, llamadas, visitas. Uniendo dos vidas con cuidado.
La busqué durante décadas.
Nunca imaginé que la encontraría así.
Y, sin embargo, fue exactamente así.
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