No recuerdo cómo me mantuve en pie. Solo recuerdo la sensación de vacío en mi cuerpo cuando el Dr. Adler cerró la puerta y dijo las palabras que ningún padre debería oír jamás:
“Su hija está embarazada. De unas doce semanas”. El silencio era aplastante.
“No”, susurré. “Es imposible. Tiene quince años. Apenas va a ningún sitio, salvo a la escuela”.
Hailey se tapó la cara con las manos, sollozando desconsoladamente.
La agarré, pero retrocedió; no por mí, sino por el insoportable peso de la verdad.
El Dr. Adler me explicó que, debido a su edad, necesitaría la intervención de un trabajador social. Asentí aturdida, escuchándolo como si estuviera bajo el agua.
Poco después, llegó una trabajadora social llamada Lauren y pidió hablar a solas con Hailey. Caminé por el pasillo, clavándome las uñas en las palmas mientras los minutos se hacían interminables.
Cuando Lauren regresó, su expresión era sombría.
“Señora Carter”, dijo con dulzura, “tenemos que hablar”.
Me flaquearon las piernas. “Por favor… solo dígame”.
Me explicó que el embarazo de Hailey no fue consentido. Alguien la había lastimado. No fue su decisión.
Me daba vueltas la cabeza. "¿Quién?", grazné.
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