Estaba pálida y agotada, con la voz débil mientras estaba sentada en el sofá sujetándose el estómago. Inmediatamente sugerí que fuéramos al hospital.
Antes de que pudiera siquiera alcanzar mi abrigo, mi esposo Daniel intervino e insistió en que la llevaría él mismo. Me pidió que me quedara en casa, diciendo que sería más rápido y que llamaría en cuanto llegaran. Su tono era urgente, casi ansioso, pero me convencí de que solo estaba preocupado por nuestra hija.
Se fueron juntos.
Pasaron horas sin mensaje ni llamada. Intenté mantener la calma, asumiendo que se habían retrasado. Pero a medida que avanzaba la noche, mi preocupación se convirtió en miedo. Contacté con el hospital. No tenían constancia de ninguno de los dos.
Por la mañana, denuncié su desaparición.
Los días siguientes estuvieron llenos de espera e incertidumbre. Entonces, los investigadores encontraron el coche de Daniel cerca de la costa, abandonado y dañado. Lo que sorprendió a todos fue que mi hija no estaba con él. Simplemente había desaparecido.
A medida que la investigación continuaba, las autoridades descubrieron detalles que hicieron la situación aún más preocupante. Daniel no había conducido hasta el hospital. Los hallazgos médicos sugerían que no había estado completamente alerta esa noche, y las circunstancias no correspondían a un simple accidente.
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