Por favor, ven a casa conmigo.”
Lakshmi retiró la mano con suavidad, no con ira, sino con una silenciosa pena.
Depositó una copia certificada de su testamento en las manos temblorosas de Riya.
Los dedos de Riya temblaban al leer cada línea. El color desapareció de su rostro, antes hermoso.
“El dinero… el dinero de la venta de la casa… ¿dónde está, mamá?”
La Sra. Lakshmi sostuvo la mirada llorosa de su hija. Su voz era suave, pero firme.
“Tu error no fue echarme.
Tu error fue creer… que tu madre no tenía nada que perder.”
Lentamente, la Sra. Lakshmi se levantó, dándole la espalda al edificio brillante e impecable que tenía detrás. Una joven enfermera se adelantó y la sujetó suavemente del brazo.
“Ven, Amma. Es hora de tu medicina.” Lakshmi asintió y se alejó, sin mirar atrás ni una sola vez.
Las puertas de cristal de Shanti Niketan se cerraron silenciosamente, a prueba de sonido, dejando solo una visión borrosa de su hija llorando afuera.
Adentro la esperaba su nueva vida, quizás tranquila y solitaria, pero digna y pacífica.
Afuera, bajo el intenso sol de Delhi, Riya sollozaba, finalmente comprendiendo una dolorosa verdad:
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