Mi hija nos EMPUJÓ por el acantilado… caímos al vacío. Cuando abrí los ojos, mi esposo susurró: “No te muevas… finge que estás MUERTA” — y lo que pasó después me heló la sangre…

Las primeras señales de que algo andaba mal comenzaron hace unos cu meses cuando Jorge y yo decidimos actualizar nuestro testamento. Entre nuestra casa frente al mar, el terreno que heredé de mis padres y nuestros ahorros, teníamos aproximadamente uno, 8 millones de pesos mexicanos para dejar como herencia. Fue Alejandra quien sugirió que visitáramos al abogado. Mamá, papá, ya tienen más de 55 años. Es importante tener todo organizado. Lo dijo con esa sonrisa que ahora me parece siniestra. Manuela sentía a su lado, apretándome la mano con dedos que más tarde me empujarían a la muerte.

Los amamos demasiado y queremos asegurarnos de que estén protegidos”, añadió con su voz mansa el abogado. El doctor Javier, un señor que conocíamos desde hace años, nos explicó nuestras opciones. Podríamos crear un fideicomiso, dividir la herencia entre los nietos o hacer un testamento tradicional. Alejandra insistió en ser nombrada junto con Manuel como nuestra única heredera. Nosotros nos encargaremos de la distribución justa para los niños”, argumentó. Además, van a necesitar de nosotros cuando envejezcan. Es mejor que tengamos acceso a los recursos para cuidarlos adecuadamente.

Algo en su tono me incomodó, pero Jorge pareció convencido. Mi esposo, que siempre fue más confiado que yo, aceptó la propuesta sin mucha resistencia. Yo tuve mis dudas, especialmente porque recordé como Ricardo siempre hablaba de ayudarnos financieramente en la vejez, pero Ricardo se había ido y Alejandra era nuestra única hija viva. Firmamos los documentos una tarde de jueves. Manuel vestía un traje impecable y me abrazó largamente después de la firma. Ahora somos oficialmente una familia unida para siempre”, susurró en mi oído.

Sus palabras me causaron un escalofrío inexplicable. Esa noche, mientras preparaba la cena, no pude sacarme la sensación de haber cometido un error terrible. Las semanas siguientes fueron extrañas. Alejandra y Manuel comenzaron a visitarnos con más frecuencia, pero sus visitas tenían un tono diferente. No venían solo a pasar tiempo con nosotros. Siempre traían sugerencias sobre cómo deberíamos mejorar la casa, qué inversiones hacer o qué seguros de vida contratar. “Mamá, deberías pensar en vender esta casa grande y mudarte a un lugar más pequeño”, dijo Alejandra mientras examinaba nuestros muebles con ojos calculadores.

Podríamos ayudarte a encontrar un apartamento cómodo en el centro de Monterrey, pero yo amaba nuestra casa. Cada rincón guardaba un recuerdo precioso de nuestros 35 años juntos. La cocina donde preparé miles de comidas, el taller donde Jorge creaba sus obras maestras, el patio donde nuestros hijos y nietos jugaron. No podía imaginar mi vida en otro lugar. Cuando expresé eso, vi un destello de irritación en los ojos de Alejandra, que me heló hasta los huesos. Mamá está siendo irracional”, dijo en un tono que nunca había usado conmigo.

Esta casa es demasiado grande para dos personas de su edad. Si se caen por las escaleras o algo sucede, no podremos llegar a tiempo para ayudar. Manuel asintió enérgicamente. Además, el mantenimiento debe costar una fortuna. Sería mucho más inteligente vender ahora, mientras el mercado inmobiliario está en auge. Jorge comenzó a considerar sus argumentos, pero yo no podía librarme de la sensación de que había algo más detrás de esa presión. Una noche, después de otra de esas conversaciones tensas, le pregunté a Jorge si no le parecía extraño que Alejandra estuviera de repente tan interesada en nuestros asuntos financieros.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.