Las palabras de Jorge me golpearon como un rayo. ¿Qué hay sobre la muerte de Ricardo? pregunté con voz temblorosa. Jorge se sentó pesadamente en una de las sillas de la cocina, la misma mesa donde compartimos miles de comidas en familia, donde Ricardo solía hacer su tarea y donde Alejandra siempre permanecía en silencio. Se pasó las manos por la cara como si intentara borrar recuerdos que lo atormentaban desde hacía 20 años. La noche que Ricardo murió comenzó con voz ahogada.
Alejandra no estaba en su habitación estudiando como nos dijo. La vi salir de la casa alrededor de las 8. La seguí porque algo en su actitud me preocupó. Andaba muy extraña en esos días, más agresiva, más resentida. Mi esposo se detuvo mirando sus manos como si la terrible verdad que había guardado por tanto tiempo estuviera escrita en ellas. Los vi discutiendo cerca del barranco. Ana, los escuché gritándose cosas horribles el uno al otro. Mi mundo comenzó a dar vueltas.
Sobre qué estaban discutiendo, susurré, aunque una parte de mí ya no quería saber la respuesta. Jorge levantó la vista y vi lágrimas en sus ojos. Lágrimas que ni siquiera derramó en el funeral de nuestro hijo mayor. Sobre dinero. Ana. Alejandra estaba furiosa porque Ricardo era el mayor, porque de acuerdo con las tradiciones de mi familia, él heredaría la mayoría de nuestros bienes. Pero había algo más, algo sobre un dinero que Ricardo había descubierto. ¿Qué dinero?, pregunté sintiendo que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Jorge suspiró profundamente antes de continuar. Días antes de morir, Ricardo vino a hablar conmigo al taller. Había descubierto que Alejandra estaba robando dinero de nuestros ahorros. Pequeñas cantidades al principio, pero luego sumas más grandes. Ricardo tenía pruebas, llevaba meses investigando. Mi mente se negó a procesar lo que estaba escuchando. Mi hija, la que había sido tan atenta después de la muerte de Ricardo, la que nos ayudaba y cuidaba de nosotros, nos estaba robando desde antes de que su hermano muriera.
¿Por qué nunca me lo contaste? Le recriminé a Jorge sintiendo que la traición se multiplicaba. Porque cuando llegué al barranco esa noche ya era demasiado tarde”, respondió con voz sofocada. Vi a Alejandra de pie junto al cuerpo de Ricardo. Nuestra hija estaba temblando, llorando y repitiendo una y otra vez. Fue un accidente. Fue un accidente. Me miró con esos ojos desesperados y me rogó que la ayudara. Papá”, me dijo. Ricardo se resbaló cuando intentaba agarrarme. Yo solo me defendí y él perdió el equilibrio.
Las lágrimas escurrieron por mi cara incontrolablemente. “Pero le creíste”, murmuré, aunque ya sabía la respuesta. Jorge asintió lentamente con una expresión de culpa que lo atormentaba desde hacía décadas. Era mi hija, Ana. Mi hija me estaba pidiendo ayuda y Ricardo ya estaba muerto. No podía traer a uno de vuelta a la vida destruyendo al otro. Pensé que realmente era un accidente, que Alejandra había aprendido la lección, que se volvería una mejor persona después de esto. ¿Y el dinero robado?, pregunté necesitando saber cada detalle de esta pesadilla.
Nunca, respondió. De hecho, siguió tomando pequeñas cantidades que yo fingía no notar, porque confrontarlas significaría admitir que encubrí un asesinato. Me volví su cómplice, Ana. Cada vez que me quedaba en silencio, cada vez que fingía no ver las cuentas bancarias disminuir, me volvía más cómplice. La terrible realidad comenzó a tomar forma en mi mente. Es por eso que está tan interesada en controlar nuestras finanzas ahora, murmuré. No es porque le importemos, es porque quiere terminar lo que empezó hace 20 años.
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