Esa noche no dormimos un minuto. Abrazados en nuestra cama, planeando cómo podríamos salvarnos de nuestra propia hija. Los días siguientes fueron una pesadilla de terror y disimulo. Jorge y yo tuvimos que actuar como si nada hubiera pasado cuando Alejandra y Manuel vinieron a visitarnos, sonriendo cuando hablaban del viaje al mirador, asintiendo cuando nos contaban emocionados que pasarían tiempo con nosotros. Pero por dentro, cada fibra de mi ser gritaba de miedo. Sabía que estaba mirando a los ojos de los responsables de la muerte de mi hijo mayor y que ahora planeaban hacer lo mismo conmigo y con mi esposo, Manuel.
Llegó la tarde del jueves con una mochila nueva y esa sonrisa tranquila que ahora parecía la máscara de un sociópata. “Ana querida”, dijo abrazándome con esos brazos que pronto me empujarían a la muerte. Compré algunos suministros para nuestra aventura en el Mirador. Agua, frutas, sándwiches, todo lo que necesitaremos para el picnic. me mostró el contenido de la mochila como si fuera un niño emocionado, pero yo solo podía pensar en cómo cada uno de esos artículos podría ser usado para encubrir nuestro asesinato.
“También traje mi nueva cámara”, añadió exhibiendo una cámara digital cara. “Quiero capturar cada momento de este día especial. Serán fotos que guardaremos para siempre. ” La ironía de sus palabras medio náuseas. La única foto que él tomaría sería de nuestros cuerpos rotos en el fondo de algún barranco, si es que alguien nos encontraba. Alejandra apareció cargando equipo de senderismo de aspecto nuevo. “Papá”, le dijo a Jorge con entusiasmo fingido. “compré todo el equipo necesario para una caminata segura.
Cuerdas, linternas, kit de primeros auxilios.” Cada palabra que salía de su boca sonaba como una burla cruel. Equipo de seguridad para planear nuestros asesinatos. La perversidad de la situación me mareó. ¿No es un poco peligroso para personas de nuestra edad?, pregunté intentando sonar casual mientras buscaba cualquier excusa para cancelar el viaje. Alejandra acarició mi mejilla con esa falsa ternura que me revolvía el estómago. “Es por eso que elegimos un sendero muy fácil y seguro,” aseguró. Es una caminata que hasta los niños pueden hacer.
Además, Manuel y yo estaremos allí para cuidar de ustedes en todo momento. Sí, estarían allí para cuidar de nosotros hasta el momento exacto en que decidieran empujarnos de un acantilado. Esa noche, cuando finalmente se fueron, Jorge y yo nos sentamos en nuestro porche temblando, no solo por el frío de la noche, sino por el terror absoluto que habíamos contenido durante horas. “No podemos ir”, dije agarrando sus manos. ¿Vamos a inventar alguna excusa? Si no vamos, respondió Jorge con voz grave.
Encontrarán otra manera de matarnos. Tal vez algo que parezca aún más accidental, como un incendio en la casa o un asalto que salió mal. Al menos en el mirador sabemos lo que van a intentar hacer. Sus palabras tenían una lógica terrible, pero no me consolaban en lo más mínimo. Entonces, ¿qué sugieres?, pregunté. desesperada por encontrar alguna solución que salvara nuestras vidas. Jorge se quedó pensativo por unos minutos antes de responder. Vamos, pero estaremos preparados. Voy a esconder mi celular y configurarlo para que grabe todo lo que suceda.
Si logramos sobrevivir, tendremos pruebas. Y si no, su voz se quebró. Al menos alguien sabrá la verdad. El viernes por la noche apenas pudimos tocar nuestra cena. Sabíamos que podría ser nuestra última comida juntos en nuestra casa, en esa cocina donde habíamos compartido tantos momentos felices cuando éramos una familia de verdad. Jorge revisó su testamento una vez más, asegurándose de que si algo nos sucedía, al menos Alejandra no conseguiría todo sin que hubiera algún registro de nuestras sospechas.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
