El lugar era hermoso, con árboles altos y el sonido de una cascada a lo lejos, pero para mí se había convertido en el escenario de mi propia ejecución. Alejandra y Manuel sacaron sus mochilas del coche, sonriendo y bromeando como si fuera el día más feliz de sus vidas. ¿Listos para la aventura?, preguntó Alejandra. Y por primera vez en 20 años vi el mismo brillo frío en sus ojos que debió tener la noche que Ricardo murió. El sendero comenzó relativamente fácil, serpenteando entre árboles frondosos y rocas cubiertas de musgo.
Manuel caminaba delante de nosotros constantemente tomando fotos y comentando sobre la belleza del paisaje. “Miren esas flores silvestres”, exclamó señalando arbustos llenos de flores moradas. Y esa formación rocosa, increíble. Su actuación era perfecta, la de un yerno amoroso disfrutando de un día especial con sus suegros. Alejandra caminaba detrás de nosotros, supuestamente para asegurarse de que no nos quedáramos atrás, pero yo podía sentir sus ojos en nuestra espalda como puñales. Cada vez que me daba la vuelta para mirarla, me sonreía con esa sonrisa que había perfeccionado a lo largo de 20 años de mentiras.
¿Cómo están mamá y papá? Preguntaba con falsa preocupación. ¿Necesitan parar y descansar? Después de una hora de caminata, comenzamos a subir una parte más empinada del sendero. Mis piernas ya estaban pesadas y Jorge estaba respirando con dificultad. No estábamos acostumbrados a este tipo de ejercicio y nuestros hijos asesinos lo sabían perfectamente. Habían elegido una ruta que nos agotaría físicamente, volviéndonos vulnerables para cuando llegara el momento de ejecutar el plan. Ya casi llegamos al mirador”, anunció Manuel con entusiasmo.
Aunque de acuerdo con el mapa que había visto en casa, todavía nos quedaba al menos media hora más de caminata, su mentira confirmó que no tenían intención de llegar al mirador oficial. El lugar donde planeaban matarnos debía estar mucho más cerca. Durante toda la caminata intenté memorizar cada detalle del sendero, cada árbol, cada roca que pudiera servir como referencia si lograba sobrevivir y necesitaba explicarle a la policía exactamente dónde había sucedido todo. Jorge hacía lo mismo y ocasionalmente intercambiábamos miradas cargadas de terror y determinación.
Sabíamos que estábamos caminando hacia nuestras muertes, pero también sabíamos que era nuestra única oportunidad de conseguir las pruebas que necesitábamos. Miren eso. Alejandra de repente gritó, señalando una formación rocosa que se destacaba a nuestra derecha. Ese acantilado tiene una vista increíble. Subamos allí para tomar algunas fotos especiales. Mi sangre se eló. Allí estaba el lugar que habían elegido para nuestro asesinato. El acantilado se alzaba unos 30 m sobre el sendero principal, accesible por un camino secundario que parecía mucho más peligroso que el que estábamos siguiendo.
Las rocas estaban sueltas. Había menos árboles a los que agarrarse en caso de tropezar y desde la cima se podía ver un precipicio que caía en un barranco profundo lleno de rocas afiladas. No sé si es una buena idea, dije intentando sonar casual. Ese sendero parece bastante peligroso para personas de nuestra edad, pero Manuel ya había comenzado a caminar hacia la bifurcación, cargando su mochila llena de equipo de seguridad que yo sabía que no usaría para salvarnos.
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