LA MAÑANA EN QUE ME DESALOJARON DE MI HABITACIÓN
Me llamo Arturo Santander. Tengo setenta años y solía creer que ser padre significaba aguantar las molestias por el bien de la familia.
Esa creencia se acabó un martes por la mañana, el día en que mi hija me despertó y me dijo, con calma, como si estuviera reorganizando los muebles, que tenía que desocupar mi habitación.
"Papá, tendrás que mudarte a la habitación de atrás", dijo. "Los padres de Andrés vienen a vivir con nosotros y necesitan la habitación principal".
Esas fueron sus palabras exactas.
Lo que ella no sabía era que mientras hablaba, mientras me pedía que abandonara la habitación donde había dormido durante cuarenta y cinco años, yo ya estaba tomando la decisión más radical de mi vida:
Vender la casa sin decírselo a nadie.
Pero para entender por qué esa decisión parecía inevitable, es necesario saber cómo llegamos a esta situación: cómo un hombre podía ser tratado como un inquilino indeseado en la casa que él mismo construyó, pagó y protegió.
Cómo mi casa se convirtió en “nuestra” casa
Tres años antes, mi hija Natalia se divorció de su marido tras doce años de matrimonio. Tenía dos hijos: Sebastián, de quince años, y Martina, de trece. La separación los dejó muy afectados. No entendían por qué sus padres no podían seguir juntos.
Para entonces, yo vivía solo en mi casa de cuatro habitaciones desde que mi esposa, Carmen, falleció cinco años antes. La casa estaba tranquila, pero era mía: llena de recuerdos, rutinas y la paz que llega tras el duelo.
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