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“Sabía que lo entenderías”, dijo, casi orgullosa. “Eres el mejor padre del mundo”.
El mejor padre.
Justo después de que me desalojara.
Subí las escaleras, cerré la puerta de mi habitación, me senté en la cama donde Carmen había dado su último suspiro,
y tomé mi decisión.
La llamada que cambió el juego
Saqué mi teléfono y llamé a la inmobiliaria más grande de la ciudad.
“Buenos días”, dije. “Soy Arturo Santander. Tengo una casa en venta”.
Dos horas después, llegó un tasador. Recorrió las habitaciones, tomando fotos, midiendo y elogiando la propiedad.
“Es una casa preciosa”, dijo. “En perfecto estado”.
Le dije que necesitaba venderla rápido. Muy rápido.
Me advirtió que tal vez tendría que aceptar un precio más bajo.
“El precio no es lo más importante”, dije.
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