Tenía razón.
Y la verdad se volvió simple:
Si me negaba, Natalia me haría sentir culpable hasta que me derrumbara.
Si accedía, me convertiría en una extraña en mi propia casa.
El "No" que inició una guerra
A la mañana siguiente, durante el desayuno, hablé con claridad.
"Natalia, he decidido que no me cambio de habitación".
Silencio.
Roberto hizo una pausa a mitad de masticar. Miriam parpadeó como si no pudiera creer que alguien pudiera decir que no. Andrés se removió incómodo.
El rostro de Natalia se tensó.
"De verdad que lo necesitan, papá".
"Son huéspedes", dije, tranquilo pero firme. "Los huéspedes se adaptan. No exigen la habitación del dueño".
Roberto intentó sonreír. "Arturo, lo entendemos, pero..."
"Sin peros, Roberto", dije. "Si la habitación de invitados no es cómoda, eres libre de buscar otro sitio".
La voz de Natalia se endureció.
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