"¡Mi hijo listo pidió el divorcio y se quedó con el apartamento!" exclamó la suegra.

El aire en la sala era denso; olía a vino espumoso caro y a la victoria ajena. Lidiya Petrovna, sentada en el sillón junto a la ventana, que hasta hacía poco se consideraba de Nadezhda, cantaba con un triunfo indisimulado:
"¡Mi hijo es un buen chico! Solicitó el divorcio y conservó sus metros cuadrados. Y este... sin lágrimas, sin alboroto. Firmó... y en silencio. ¡Por fin se dio cuenta de dónde pertenecía!"
Alexey rió entre dientes con satisfacción, levantando su copa:
"Mamá, no podría haberlo hecho sin ti". Creía que estaba firmando los papeles de la remodelación, pero en realidad, estaba renunciando a su parte. Y nuestro notario, un hombre comprensivo, lo aclaró todo sin problemas.
Nadezhda, mientras tanto, iba tranquilamente de una habitación a otra. Sin lágrimas, sin gritos. Estaba empacando sus cosas, con cuidado, con pulcritud. Pero no las suyas. Las cajas contenían los aparejos de pesca de Alexei, los gemelos antiguos de su padre, de los que Lidiya Petrovna estaba tan orgullosa, figuritas de porcelana, perfume en frascos de cristal y fotografías con gruesos marcos dorados. Incluso la bata de seda de su suegra estaba doblada sin una sola arruga.
"¿Qué es eso?" Lidiya frunció el ceño al ver que las figuritas desaparecían de los estantes. "¿Está tocando mis cosas? ¡Qué raro!"
No hubo respuesta. Los movimientos de Nadezhda eran mesurados, casi pacíficos. Diez años de matrimonio y otros tantos de paciencia. Intentos de suavizar las cosas, de ceder, de ganarse la aprobación de la mujer que la había llamado "la inquilina" desde el primer día. Diez años durante los cuales Alexei se había transformado de un marido atento en un pálido reflejo de su madre: dependiente, indeciso, dispuesto a todo por sus elogios. Nadezhda recordaba con claridad la primera visita de Lidiya Petrovna después de la boda. Caminó lentamente por el espacioso apartamento en el centro de la ciudad y dijo con una sonrisa fría: «Ahora mandamos nosotros». En aquel entonces, esas palabras habían sonado inofensivas. Ahora, como el comienzo de una larga partida.
Con el tiempo, la conversación sobre «justicia» se volvió más insistente. Lidiya echó leña al fuego: «No eres nada para ella», «Estás viviendo a su costa», «Divorciate y que el apartamento siga en la familia». Nadezhda escuchó en silencio. Pero su silencio no era resignación, sino resistencia. Hacía tiempo que había consultado a un abogado. Y esperaba pacientemente el momento oportuno.
«Mamá...», la voz de Alexey se quebró de repente. Abrió la puerta del dormitorio de golpe y palideció. «Mamá, está empacando nuestras cosas. Todo. Mis trajes, tus joyas... todo va a ir en cajas».

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