"¡Mi hijo listo pidió el divorcio y se quedó con el apartamento!" exclamó la suegra.

El verano trajo movimiento.
Su primer proyecto independiente fue un éxito: los clientes quedaron satisfechos y la recomendaron a sus amigos. Les gustó que Nadezhda no se limitara a acomodar los muebles, sino que hiciera preguntas: "¿Dónde te relajas?" "¿Qué significa el silencio para ti?" "¿Necesitas un espacio privado donde nadie entre sin llamar?"
Cada vez que decía estas palabras, era como si se las dijera a sí misma.
Un día, el estudio le ofreció participar en un concurso municipal para jóvenes diseñadores. El director insistió:
"Este es tu nivel. No seas modesta".
Se presentó. Sin demasiadas esperanzas, solo como un paso más.
Esa noche, al volver a casa, Nadezhda vio una figura familiar en el patio. Lidiya Petrovna estaba sentada en un banco.
No tranquilamente. No como si fuera la dueña del lugar. Simplemente sentada.
Nadezhda aminoró el paso, pero no se giró.
"No voy a tu apartamento", dijo Lidiya Petrovna primero. Su voz sonaba diferente, ya no con la seguridad metálica que tenía antes. "Solo quería... hablar". Nadezhda se detuvo a unos pasos de distancia. "Te escucho."
"He luchado toda mi vida", dijo su suegra lentamente. "Por mi marido, por mi hijo, por la estabilidad. Pensé que si no lo controlaba, todo se derrumbaría."
Levantó la vista.
"No me di cuenta de cómo empecé a destruirlo."
Nadezhda guardó silencio. Esta confesión no requería una respuesta inmediata.
"Alexey vive separado", continuó Lidia Petrovna. "Casi no nos comunicamos. Dijo que tiene que aprender por su cuenta. Supongo... es cierto."
"Supongo", asintió Nadezhda en voz baja.
La pausa fue larga, pero no hostil.
"No te pido perdón", dijo de repente Lidia Petrovna. "No sé cómo. Solo... quería que supieras: lo entiendo."
Nadezhda asintió.

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