"¡Mi hijo listo pidió el divorcio y se quedó con el apartamento!" exclamó la suegra.

Esa noche, Alexey por fin apareció. Solo.
Se quedó en la entrada, sin su habitual confianza, sin su madre a sus espaldas. Cuando Nadezhda salió del coche, dio un paso al frente, como si temiera que volviera a desaparecer.
"Alquilé un apartamento", dijo en voz baja. "Temporalmente. Mi madre no está conmigo".
"Lo sé", respondió Nadezhda con calma.
"¿Cómo?"
"Los alguaciles dijeron que intentó apelar la decisión, pero le explicaron las posibilidades. Decidió quedarse con su hermana".
Alexey bajó la mirada.
"Todo salió... no como yo pensaba".
"¿Qué pensabas?", preguntó ella en voz baja.
Se pasó la mano por el pelo.
"Que gritarías. Que harías un berrinche. Que te aplastaríamos. Siempre callabas... Estoy acostumbrada a que cedieras". "No me rendí", replicó Nadezhda con calma. "Estaba observando".
Él rió nerviosamente.
"Has cambiado".
"No. Simplemente dejé de esperar que cambiaras".
Estas palabras pesaron más que cualquier grito.
"No quería... que las cosas fueran así", susurró. "Mamá dijo que era lo correcto. Que el apartamento debía permanecer 'en la familia'".
"¿Y qué era yo entonces?", preguntó ella sin reproche. "¿Una invitada casual?".
Él no encontró respuesta.
Nadezhda miró las ventanas de su apartamento. La luz ya estaba encendida, cálida, tranquilizadora.
"Sabes", dijo en voz baja, "Llevo diez años intentando formar parte de tu familia. Pero todo este tiempo tú has intentado que la mía sea tuya. Son dos cosas distintas".
Alexei la miró.

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