"¡Mi hijo listo pidió el divorcio y se quedó con el apartamento!" exclamó la suegra.

"¿Hay alguna posibilidad de arreglarlo todo?".
Guardó silencio un largo rato. No por crueldad, sino por honestidad.
"Los errores se pueden corregir." Pero la traición es una elección. La has cometido más de una vez.
Él asintió. Lentamente, como un hombre que, por primera vez, no tiene a nadie a quien culpar.
"Lo entiendo", dijo.
"Eso espero", respondió ella.
Nadezhda dio un paso hacia la entrada y se detuvo.
"Alexey."
Él se estremeció.
"Tendrás que aprender a vivir sin que nadie te lo pida. Es difícil. Pero posible."
La observó hasta que la puerta se cerró.
El apartamento estaba en silencio. El espacio parecía respirar libremente. Nadezhda recorrió las habitaciones, ahora sin cajas, sin cosas ajenas, sin voces ajenas.
Se detuvo junto a la ventana. Alexey seguía de pie abajo, luego se dio la vuelta lentamente y se alejó.
No lloró.
A veces el final de un matrimonio no es la destrucción.
A veces es el regreso a uno mismo. Y en ese silencio, por primera vez en muchos años, no había miedo ni expectativa de una trampa. Solo la sensación de hogar.

Pasaron varias semanas.
El apartamento se fue llenando gradualmente de un nuevo ritmo. Nada de suspiros profundos por las mañanas, nada de susurros tras la puerta cerrada de la cocina, nada de la constante sensación de estar siendo puesta a prueba.
Nadezhda reorganizó los muebles. Quitó el enorme sillón que Lidiya Petrovna había traído "temporalmente" y que nunca pensó recuperar. Compró una mesa de luz junto a la ventana. La colgó.

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