"¡Mi hijo listo pidió el divorcio y se quedó con el apartamento!" exclamó la suegra.

Pero si mantienes tu fuerza interior, es solo cuestión de tiempo que lo recuperes todo.
El teléfono volvió a parpadear brevemente. Un mensaje de un número desconocido:
"Hola, soy Irina, compañera de Alexey. Disculpa la molestia. Me pidió que te dijera que agradece tu honestidad. Y... que ha empezado a ver a un psicólogo".
Nadezhda se quedó mirando el mensaje un buen rato. Luego, con cuidado, lo borró. Sin rabia. Sin alegría.
Simplemente lo dejó ir.
Se levantó, se acercó a la ventana y la abrió. Un aire fresco entró en el apartamento.
Ahora este era su espacio.
Sus decisiones.
Su vida.
Y en este silencio, ya no parecía temporal.
Por fin se había vuelto permanente, en su propia casa y en su propio destino.

La primavera había llegado sin que nadie se diera cuenta. Primero, la nieve del patio desapareció, luego la hierba se volvió verde y el apartamento se llenó del aroma de las ventanas abiertas. Nadezhda se sorprendió pensando que ya no se estremecía ante los ruidos repentinos. Ya no escuchaba los pasos en la entrada. No se estaba preparando mentalmente para otra "conversación".
Un día, sacó una vieja caja de fotografías. No las de los marcos dorados de Lidiya Petrovna, sino las suyas: la universidad, su primer trabajo, un viaje al mar mucho antes de casarse. En esas fotos, se reía a carcajadas, sin mirar atrás.
"Así que eres así", se dijo en voz baja.
Esa misma noche, sonó el timbre.
Nadezhda no esperaba visitas. Alexey estaba en el umbral. Sin flores, sin intentar aparentar mejor aspecto. Simplemente cansado.
"No tardo", dijo. "¿Puedo?".
Ella pensó un segundo y se hizo a un lado.

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