Mi hijo mayor murió. Cuando recogí a mi hijo menor del jardín de infantes, me dijo: "Mamá, mi hermano vino a verme".

Seis meses después de la muerte de mi hijo mayor, Noah se subió al coche después del kínder y sonrió.
"Mamá, Ethan vino a verme".

Ethan llevaba medio año ausente.

Mantuve la mirada firme. "¿Quieres decir que estabas pensando en él?"

"No", dijo Noah con seriedad. "Estaba en el colegio. Me dijo que dejaras de llorar".

Las palabras me dolieron muchísimo. Ethan tenía ocho años cuando ocurrió el accidente. Mark lo llevaba al fútbol cuando un camión se desvió sobre la línea amarilla. Mark sobrevivió. Ethan no. Nunca me permitieron identificar el cuerpo. Dijeron que era "demasiado frágil".

Esa noche, le conté a Mark lo que había dicho Noah.

"Los niños dicen cosas", murmuró. "Quizás sea así como lo está llevando".

Pero algo en mi pecho no se calmaba.

Ese fin de semana, llevé a Noah al cementerio con margaritas blancas. Se quedó rígido frente a la lápida de Ethan.

“Mamá… no está”, susurró.

“¿Qué quieres decir?”, pregunté.

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