"Debería haber sido yo", susurró. "Ethan no".
"No", dije. "Aún tenemos a Noah. No podemos ahogarnos".
Dos días después, fui sola al cementerio.
Puse margaritas en la lápida de Ethan y apreté la palma de la mano contra el frío granito.
"Ya no dejo que desconocidos hablen por ti", susurré. "Se acabaron los secretos. Se acabaron las palabras prestadas".
El dolor seguía ahí. Siempre lo estaría.
Pero ahora estaba limpio: sin confusión, sin manipulación, sin fantasmas prestados.
Solo la verdad.
Y podía cargar con eso.
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