—Tres electrodomésticos y medio aire acondicionado no los convierten en dueños.
La mandíbula se le tensó.
—Esto va a afectar a los niños.
—No. Lo que afecta a los niños es crecer viendo cómo su padre trata a su abuela como si fuera personal de servicio.
Por primera vez, Alfonso bajó la mirada.
Isabel, en cambio, se infló de coraje.
—Esto no se va a quedar así, Viviana. Estás destruyendo a la familia.
—No, Isabel. La familia la empezaron a destruir ustedes cuando confundieron confianza con derecho.
Me hice a un lado, como si la conversación hubiera terminado.
—No se van a quedar aquí. Pueden regresar a Guadalajara o buscar hotel en Tepic. Pero la próxima vez que quieran algo de mí, lo van a pedir con respeto. Y si no pueden, entonces más les vale aprender a vivir sin ello.
Cerré la puerta.
No de golpe. Con firmeza.
A través de la ventana los vi quedarse un buen rato en el patio. Alfonso con las manos en la cintura. Isabel hablando rápido, moviendo los brazos. Los niños regresando del establo sin entender nada. Luego la camioneta dio vuelta y se fue dejando una nube de polvo.
Yo me quedé en silencio en la sala.
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