El camino hacia Bucerías me supo distinto esa tarde. Los cerros, los sembradíos, las casitas a la orilla de la carretera, todo tenía una claridad casi dolorosa. Iba con las ventanas abajo y el viento me despeinaba. Recordé tantos viajes a esa casa: Alfonso adolescente cantando en el asiento trasero, Rodolfo silbando al volante, yo cargando hieleras y sandías y toallas y la ilusión de que, mientras estuviéramos juntos, nada malo podía rompernos.
Qué poco sabe una, a veces, del futuro.
A las tres y cuarto estaba sentada en una sala notarial con aire acondicionado demasiado frío, firmando hojas sin temblarme la mano. El comprador era un empresario jubilado con acento norteño y camisa de lino beige. Sonreía mucho. Yo casi no.
A las cuatro de la tarde tenía el cheque certificado dentro de mi bolso.
A las cuatro y veinte, las llaves de la casa azul ya no eran mías.
Y a las cuatro y media, mientras manejaba de vuelta al rancho con el mar alejándose en el espejo, sentí algo que llevaba años sin sentir: control absoluto sobre mi propia vida.
A las siete de la noche me llegó otro mensaje de Alfonso.
Mamá, llegamos mañana temprano. Asegúrate de que la casa esté limpia. Isabel trae comida especial por sus alergias, pero deja algo en el refri para los niños. Y por favor cambia las sábanas del cuarto grande.
Ni siquiera me llamaba para avisarme que me acababan de exiliar.
Me serví una copa de vino tinto. No lo bueno se guarda para los cumpleaños ni para las reconciliaciones; también hay que abrirlo cuando una se está rescatando a sí misma.
Salí al porche con la copa en la mano. El cielo estaba morado y naranja. Los grillos empezaban su concierto. A lo lejos, alguien encendió una fogata y el humo olía a encino seco.
Pensé en el día siguiente.
Pensé en Alfonso llegando con su aire de dueño. En Isabel bajando del coche con esa forma de mirar que siempre parecía estar evaluando cuánto valía cada cosa. En las maletas. En los niños. En la llave que ya no abriría nada.
Y sonreí.
No de crueldad. De verdad.
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