Catalina la leyó tres veces antes de convencerse de que era real. Mateo se puso a cocinar como si toda la colonia fuera a venir a cenar. La abuela Rosalía apareció con un rebozo nuevo para regalármelo “para que no olvides de dónde vienes ni hacia dónde vas”. Esa noche la casa entera olía a fiesta.
Nos sentamos a la mesa: Catalina, Mateo, la abuela y yo. Había mole, arroz, pan recién hecho y una olla enorme de caldo humeante en el centro. El vapor subía lentamente, igual que la primera noche en que me senté con ellos a comer de verdad. Solo que ahora ya no tenía miedo de alargar la mano por más.
Mateo levantó su copa.
—Por Solana —dijo—. Por nuestra luz.
Catalina me miró desde el otro extremo de la mesa con esos ojos que un día me reconocieron incluso cubierta de mugre, fiebre y silencio.
Yo levanté mi vaso. Miré mi mano derecha, deformada apenas por la cicatriz. La misma mano que un día se pegó a una estufa y que ahora sostenía pinceles, carboncillos, sueños.
—Gracias —dije—. Por no dejar de buscarme.
Después de cenar, subí a mi cuarto amarillo. Todavía era el mismo. La misma lámpara, la misma colcha, la alpaca de peluche sentada junto a los libros. Coloqué un lienzo en blanco frente a mí y empecé a pintar.
Pinté una noche de tormenta en un pueblo de montaña. Pinté el viento doblando los postes. Pinté la nieve cubriendo la calle vacía. En el centro puse a una niña pequeña con un poncho rojo. En una mano llevaba un papel arrugado. En la otra, una moneda de un peso. Pero no la pinté llorando.
La pinté mirando de frente.
Con los ojos enormes, encendidos, llenos de una fuerza que nadie había podido extinguirle.
En la esquina inferior escribí, con letras pequeñas, una dedicatoria para todas las madres que siguen buscando y para todos los niños que aún esperan ser encontrados.
Y mientras me alejaba unos pasos para ver el cuadro completo, entendí que mi vida no podía resumirse ya en la noche en que me echaron de casa. Esa noche me partió, sí. Me dejó una cicatriz y me robó años enteros. Pero también, de una forma extraña y terrible, me condujo hasta el papel arrugado que me devolvió mi nombre.
Yo había sido Zarza entre la basura, una niña criada para creer que no valía ni un plato de sopa.
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