“Mi madre tiene este anillo”, dijo la niña mendiga a la millonaria… hasta que…

Durante un almuerzo lujoso, una niña de la calle se acerca y señala el anillo de una empresaria poderosa. Con convicción, dice que su madre tiene uno igual. La mujer se queda gélida. Ese anillo es único y pertenecía a su hija desaparecida hace 13 años. En segundos el pasado regresa y nada volverá a ser como antes. La tarde del jueves caía perezosa sobre el paseo de la Castellana.

El tráfico intenso de Madrid parecía no dar tregua, pero allá en lo alto, en el vi3er piso de uno de los edificios más imponentes de la zona, Elena Valenzuela observaba la ciudad a través de los amplios ventanales de su oficina como quien contempla un tablero de ajedrez. Cada movimiento calculado, cada decisión pesada, cada negocio cerrado con la precisión de quien nunca aprendió a perder. A los 58 años, Elena había construido un imperio que pocos podrían imaginar. Había heredado una empresa familiar de tamaño medio y la había transformado en una corporación que dominaba sectores enteros de la economía.

Su cabello oscuro, siempre impecablemente peinado, empezaba a mostrar hilos plateados que ella no se molestaba en ocultar. eran marcas de batallas ganadas, decía. Su mirada penetrante intimidaba a ejecutivos experimentados y su presencia en cualquier ambiente imponía respeto inmediato. Pero detrás de aquella armadura de poder y control existía una herida que nunca cicatrizó, un dolor silencioso que ninguna reunión de negocios, ningún contrato millonario, ninguna conquista profesional fue capaz de curar. 13 años antes, su hija mayor había desaparecido.

Simplemente se esfumó como si la tierra se hubiera abierto y se hubiera tragado a Marisol, dejando solo preguntas sin respuesta y un vacío que crecía cada día. Elena cerró los ojos por un instante, permitiéndose una rara demostración de vulnerabilidad en la soledad de su despacho. Marisol, el nombre aún dolía como una cuchilla. Recordaba la última vez que la vio. Una discusión tonta sobre compromisos profesionales que Elena no podía posponer. Marisol quería atención, quería hablar de algo importante, pero Elena estaba sumergida en una fusión empresarial que consumía todo su tiempo.

Promesas de después, de cuando las cosas se calmen, de cuando haya más tiempo. Promesas que nunca se cumplieron. Y entonces Marisol desapareció, se avisó a la policía. Se contrataron investigadores privados, se siguió cada pista obsesivamente, pero nada. Era como si Marisol simplemente hubiera decidido borrar su propia existencia. No había señales de algo malo, no había indicios claros, solo el silencio ensordecedor de una ausencia que se volvía cada día más pesada. Elena abrió los ojos y miró su propia mano derecha.

En el dedo índice brillaba un anillo que era mucho más que una joya, hecho de oro blanco y platino, con un diseño único creado por un joyero suizo que ya no trabajaba. El anillo llevaba en su centro un pequeño zafiro azul rodeado de diamantes minúsculos dispuestos en un patrón que parecía contar una historia. Aquel anillo había sido un regalo de su marido, Pablo, fallecido 5 años antes de que Marisol desapareciera. Él mandó hacer dos anillos idénticos, uno para Elena y otro para Marisol, como símbolo de protección y pertenencia familiar.

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