Una noche, durante una cena familiar que se había convertido en una tradición semanal, hizo un anuncio que sorprendió a todos. Estoy pensando en estudiar psicología. Elena casi deja caer el tenedor. Mateo siempre había sido el hijo dedicado a los negocios, el heredero natural del imperio que ella había construido. La idea de que quisiera seguir otro camino nunca se le había pasado por la cabeza. Psicología, ¿por qué? Mateo respiró hondo antes de responder, “Porque todo lo que ha pasado con nuestra familia me ha hecho darme cuenta de lo importantes que son las cuestiones emocionales, de lo mucho que necesitamos entender mejor a las personas, las relaciones, los traumas.
Quiero ayudar a otras familias a no pasar por lo que nosotros pasamos. Quiero marcar una diferencia de verdad.” El silencio que siguió fue pesado. Elena sintió el viejo impulso de controlar, de convencer a su hijo de que estaba cometiendo un error, de usar argumentos lógicos sobre la sucesión empresarial y las responsabilidades. Pero entonces miró a Marisol, que observaba la escena con atención, y a Valeria, que dibujaba en un cuaderno mientras escuchaba todo. Fue Valeria quien habló primero.
Me parece precioso, tío Mateo. vas a ayudar a mucha gente. La sencillez de la niña rompió la tensión. Marisol sonrió a su hermano. Yo te apoyo. Haz lo que haga feliz a tu corazón. Elena miró a los tres, su hijo queriendo cambiar de carrera, su hija reconstruyendo su vida desde cero, su nieta enseñando a todos sobre el valor y se dio cuenta de que el imperio que realmente importaba no era el de los negocios y el dinero, era aquel que estaba allí en esa mesa, la familia.
Con la voz entrecortada, tomó la mano de Mateo. Si eso es lo que quieres, tienes todo mi apoyo. Encontraremos a alguien que asuma tu puesto en la empresa. Lo importante es que seas feliz. Mateo tenía lágrimas en los ojos cuando abrazó a su madre. Era la primera vez que se permitía seguir su propio camino sin miedo a decepcionar. Las semanas siguientes fueron de cambios prácticos. Mateo empezó un curso preparatorio para la universidad, reduciendo gradualmente sus responsabilidades en la empresa.
Elena ascendió a ejecutivos de confianza, reorganizó la estructura corporativa y descubrió que la empresa funcionaba perfectamente bien sin que ella tuviera que controlar cada detalle. De hecho, descubrió que tenía más tiempo para lo que realmente importaba, más tiempo para Valeria, para seguir la evolución de la niña en el colegio, para sentarse en el suelo de la habitación y dibujar con ella, para escuchar sus historias sobre los compañeros, sobre los profesores, sobre sus sueños de ser artista algún día.
Más tiempo para Marisol, para almuerzos largos donde hablaban de todo y de nada, para ayudarla a elegir muebles para el apartamento, para simplemente estar juntas sin agendas ni expectativas. Más tiempo para Mateo, para apoyarlo en sus estudios, para escucharlo hablar sobre teorías psicológicas con un entusiasmo que nunca había visto cuando hablaba de negocios. Pero no todo era perfecto. Había días difíciles, días en los que Valeria extrañaba la vida sencilla con Marisol, por dura que fuera. Días en los que Marisol se sentía culpable por no poder ofrecer a su hija lo que Elena le ofrecía.
Días en los que Mateo dudaba de su decisión y se preguntaba si estaba tomando la elección correcta. Días en los que Elena se sentía perdida, sin saber cómo equilibrarlo todo. Fue en uno de esos días difíciles cuando ocurrió la gran crisis. Valeria estaba en el colegio cuando una compañera hizo un comentario cruel sobre su madre. dijo que Marisol era una desgraciada, que había abandonado a su hija, que Valeria solo tenía las cosas buenas que tenía porque su abuela era rica, no porque su madre valiera para algo.
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