“Mi madre tiene este anillo”, dijo la niña mendiga a la millonaria… hasta que…

Cuando finalmente solo quedó la familia, se sentaron juntos en círculo en el suelo de la fundación, cansados pero felices. Valeria estaba en el centro mirando el anillo de su dedo, aún procesando todo lo que había ocurrido. “Abuela”, dijo en voz baja mirando a Elena. “El tío Mateo contó que todo empezó por tu anillo, por el anillo de mi madre.” Elena miró su propio anillo, luego el de Marisol y finalmente el nuevo anillo de Valeria. Sí, querida, pero no fue el anillo en sí lo que nos reunió, fue el amor que representaba, fue la valentía que tuviste al hablar, fue la decisión de todos nosotros de abrirnos al perdón, a la reconstrucción, al nuevo comienzo.

Marisol completó sosteniendo la mano de su hija. Los anillos son símbolos, pero lo que realmente nos mantiene unidos es la elección. La elección de todos los días de estar presente, de preocuparse, de luchar por lo que amamos. Mateo asintió pasando el brazo por los hombros de Clara, y de aprender de los errores, de no repetir los patrones que nos hirieron, de construir algo nuevo y mejor. Roberto, que ya era parte de la familia, añadió, y de dejar que otras personas entren en esta historia, de expandir el círculo del amor en lugar de cerrarlo.

Valeria miró a cada uno de ellos con el corazón rebosante de gratitud y amor. Entonces, por primera vez en 15 años de vida, por primera vez desde que empezó a hablar, dijo una palabra que nunca antes había usado, abuela. El mundo pareció detenerse en ese instante. Elena sintió como si su corazón fuera a explotar. Durante dos años, Valeria siempre la había llamado por su nombre. Era su forma de mantener cierta distancia, de procesar su lugar en aquella nueva familia, pero ahora finalmente estaba lista para dar ese paso.

Abuela, gracias por todo, por encontrarme, por no rendirte con mi madre, por hacer todo esto. Elena la atrajo hacia un abrazo apretado, llorando sin ningún reparo. Marisol también lloró feliz de ver la conexión entre madre e hija finalmente completa. Y todos allí entendieron que aquel era el verdadero clímax del viaje. No el reencuentro en el restaurante, no la reconstrucción de la familia, sino aquel momento en que todos aceptaron finalmente sus papeles, sus lugares y eligieron construir algo nuevo juntos.

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