La niña había logrado entrar en el restaurante y ahora caminaba entre las mesas con pasos vacilantes, mirando los platos con un hambre que dolía solo de verla. Algunas personas desviaban la mirada, otras fruncían el ceño en señal de desaprobación. El clima cambió. Instantáneamente. Aquella niña representaba todo lo que aquel ambiente intentaba mantener fuera. La pobreza, el desamparo, la realidad cruda que existía en las calles de Madrid. Los guardias se acercaron rápidamente, listos para sacarla. Elena observó la escena con una mezcla de incomodidad y algo que no sabía definir bien, pero no estaba preparada para lo que sucedería a continuación.
La niña, al pasar por la mesa de Elena, se detuvo abruptamente. No miró el plato, no miró la comida. Sus ojos se fijaron en la mano derecha de Elena, en el anillo. La pequeña se quedó inmóvil, como si hubiera visto algo imposible. Entonces, con una voz fina, temblorosa, pero cargada de una certeza absoluta, dijo algo que hizo que el mundo de Elena dejara de girar. Mi madre tiene un anillo igualito a ese. El silencio que siguió fue ensordecedor.
Mateo miró a la niña con irritación, listo para despacharla. Los guardias ya extendían las manos para apartarla, pero Elena no podía moverse. Su corazón se aceleró de una forma que no ocurría desde hacía años. Sus manos empezaron a temblar. El aire pareció volverse pesado, denso, sofocante. Aquel anillo era único. No existía réplica, no existía el azar. Solo dos personas en el mundo poseían un anillo como ese, Elena y Marisol. Con un gesto brusco que sorprendió a todos, Elena levantó la mano interrumpiendo a los guardias.
Esperen. Su voz salió más débil de lo que pretendía. Mateo la miró confundido. Mamá, ¿qué estás haciendo? Elena ignoró a su hijo. Sus ojos estaban fijos en la niña, que ahora parecía aún más asustada ante la reacción que había provocado. Con esfuerzo, Elena controló su respiración e intentó mantener la voz firme. ¿Cómo sabes eso? ¿Dónde está tu madre? La niña vaciló mirando a su alrededor como un animal acorralado. Pero había algo en esa mirada. Algo que Elena reconoció de inmediato, la expresión, la forma en que inclinaba levemente la cabeza cuando estaba insegura, pequeños detalles que atravesaban generaciones.
Ella está enferma. Vivimos en un lugar lejos de aquí. Siempre usa el anillo y dice que es importante, que no puede perderlo nunca. Elena sintió que las piernas le flaqueaban. se apoyó en la mesa intentando procesar lo que estaba oyendo. Mateo se levantó alarmado. Mamá, ¿estás bien? Esto no tiene sentido. Es solo una coincidencia. Pero Elena sabía que no lo era. 13 años de dolor, de búsqueda, de preguntas sin respuesta, de noches en vela imaginando dónde estaría Marisol.
Y ahora, de forma completamente inesperada, una niña de la calle aparecía con una información. que solo podía significar una cosa. Marisol estaba viva. Elena extendió su mano temblorosa hacia la niña que retrocedió instintivamente. Por favor, no tengas miedo. ¿Cómo te llamas? La pequeña miró a su alrededor aún asustada, pero algo en la voz de Elena pareció calmarla un poco. Valeria. Valeria. El nombre resonó en la mente de Elena como una revelación. con mucho cuidado se agachó para quedar a la altura de la niña.
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