Porque algunas cosas, finalmente lo entendía, no pueden comprarse ni controlarse. Necesitan ser vividas, sentidas, construidas día tras día con paciencia y dedicación. Y Elena estaba dispuesta a aprender eso sin importar cuánto costara. Los primeros días tras el reencuentro fueron como caminar sobre cristal. Cada paso debía ser medido, cada palabra pesada antes de ser dicha. Elena volvió al apartamento de Marisol al día siguiente y al otro y al otro, siempre trayendo algo. Comida, ropa para Valeria, medicinas para Marisol, pero siempre preguntando antes, siempre respetando los límites que su hija establecía.
Fue Marisol quien finalmente sugirió que Valeria se fuera a vivir con Elena. La decisión no fue fácil, de hecho fue una de las cosas más difíciles que tuvo que hacer en su vida. Pero la realidad era innegable. Valeria merecía más que aquel apartamento pequeño, más que la incertidumbre de cada día, más que ver a su madre luchando por conseguir lo mínimo necesario para sobrevivir. La mañana en que llevaron a Valeria a la mansión de Elena, la despedida fue dolorosa.
Marisol abrazó a su hija durante largos minutos, susurrándole palabras de amor y promesas de que estarían juntas siempre, aunque no en el mismo lugar. Valeria lloró, pero también había un brillo de esperanza en sus ojos. Era una niña y los niños sueñan con seguridad, con comida abundante, con una cama blanda. Elena prometió que Marisol podría visitarla siempre que quisiera, que habría una habitación esperándola a ella también, que aquella sería la casa de ambas. Pero Marisol lo rechazó.
Aún no estaba lista. Necesitaba tiempo, necesitaba procesarlo todo, necesitaba reconstruirse antes de entrar de nuevo en aquel mundo que un día fue el suyo. La mansión de Elena estaba en una urbanización cerrada en la zona norte de Minomento Bost, Madrid, rodeada de jardines inmensos y una seguridad que garantizaba privacidad total. Era un mundo completamente diferente al que Valeria había crecido. Al entrar por primera vez, la niña se quedó paralizada, mirando a su alrededor con una mezcla de fascinación y miedo.
La habitación que Elena preparó para ella era más grande que todo el apartamento donde vivía con su madre. Tenía una cama enorme con sábanas suaves, un armario lleno de ropa nueva, estanterías con libros y juguetes, un escritorio de madera clara cerca de la ventana que daba al jardín. Era una habitación de ensueño, pero Valeria no pudo dormir aquella primera noche. Acostumbrada al colchón fino en el suelo, al ruido constante de la calle, a la presencia cercana de su madre, se sintió perdida en aquel espacio silencioso e inmenso.
Alrededor de las 3 de la madrugada, Elena la encontró sentada en el suelo al lado de la cama, abrazada a sus rodillas, llorando bajito. Sin decir nada, Elena se sentó al lado de su nieta y la atrajo hacia un abrazo. Valeria se aferró a ella como un náufrago se aferra a una tabla en el mar y se quedaron así durante horas hasta que el sueño venció finalmente al miedo y la niña se durmió en los brazos de su abuela.
En las semanas siguientes, Elena tuvo que aprender algo que nunca había necesitado aprender antes. Paciencia. Valeria no se adaptó instantáneamente a aquella nueva vida. Tenía pesadillas frecuentes. Se despertaba asustada buscando a su madre. Rechazaba ciertos alimentos porque no estaba acostumbrada. Se escondía cuando había mucha gente cerca. El trauma de vivir en la calle, de pasar hambre, de sentir miedo constante, no desaparecía solo porque ahora tuviera comodidad. Elena contrató a una psicóloga infantil, la doctora Carmen, una mujer amable y experimentada que empezó a trabajar con Valeria.
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