Las sesiones fueron reveladoras. La niña cargaba heridas profundas, pero también una resiliencia impresionante. Era inteligente, observadora, capaz de percibir detalles que los adultos ignoraban y poco a poco, con apoyo y cuidado, empezó a abrirse. Mientras tanto, la relación entre Elena y Mateo pasó por una prueba difícil. El hijo menor se sentía en cierta forma sustituido. Toda la atención de su madre, que antes estaba dividida entre él y los negocios, ahora estaba volcada casi exclusivamente en Marisol y Valeria.
Las reuniones de empresa que antes ocupaban horas del día de Elena fueron delegadas en Mateo, quien se vio de repente con una responsabilidad mucho mayor de la que estaba preparado para asumir. Una noche, durante una cena tensa en la mansión, Mateo explotó. Parece que he perdido a mi madre dos veces. Primero, cuando Marisol desapareció y te hundiste en el trabajo para no pensar en ella. Ahora que ha vuelto, te has olvidado de mí completamente. Elena se quedó impactada.
Nunca se había dado cuenta de cuánto se sentía Mateo descuidado. Intentó explicarle que solo estaba intentando compensar el tiempo perdido, pero Mateo la interrumpió. Y mi tiempo perdido, mamá. Yo también perdí a una hermana. Yo también sufrí. Pero nadie parece acordarse de eso. Las palabras fueron duras, pero necesarias. Forzaron a Elena a ver que su intento de arreglarlo todo estaba una vez más dejando a alguien fuera. Aquella noche, después de que Mateo saliera furioso de la mansión, Elena se quedó sola en el salón, mirando su propio reflejo en la ventana oscura.
Estaba fallando de nuevo, intentando controlarlo todo, resolverlo todo, pero olvidándose de simplemente estar presente para todos los que la necesitaban. Al día siguiente buscó a Mateo en su apartamento. La conversación fue larga y difícil. Elena pidió perdón, admitió sus errores, escuchó las quejas de su hijo sin interrumpir y por primera vez lograron tener una conversación honesta sobre cómo la desaparición de Marisol les había afectado a ambos, sobre cómo el dolor fue procesado de formas diferentes, sobre cómo la familia nunca se recuperó realmente de aquel trauma.
Mateo confesó que durante años sintió que necesitaba ser perfecto para compensar la ausencia de Marisol, para no dar más preocupaciones a su madre, que se enterró en los negocios no por amor al trabajo, sino porque era la única forma de conectar con Elena, que nunca se permitió vivir su propia vida por miedo a decepcionar o hacer una carga más. Elena escuchó todo con el corazón roto. Había fallado a Marisol por no estar presente cuando su hija la necesitaba y había fallado a Mateo al hacer de él una extensión de sus propios objetivos, sin verlo como un individuo con sueños y necesidades propias.
“No sé cómo ser una buena madre”, admitió con la voz entrecortada. He pasado toda la vida construyendo empresas, cerrando negocios, ganando batallas profesionales, pero con vosotros siempre he fallado. Mateo tomó la mano de su madre y por primera vez en años se permitió ser vulnerable con ella. Entonces, aprendamos juntos. No es demasiado tarde. Aquella conversación marcó un punto de inflexión. Elena y Mateo empezaron a reunirse semanalmente no para hablar de negocios, sino para simplemente hablar sobre sentimientos, sobre miedos, sobre expectativas.
Era extraño e incómodo al principio, pero poco a poco fue creando un puente que hacía mucho tiempo que se había destruido. Mientras tanto, Marisol luchaba por reconstruir su propia vida. Elena insistió en ayudarla económicamente, pero Marisol aceptó solo lo básico, un apartamento sencillo pero digno en un barrio mejor. Ayuda para conseguir nuevos documentos, consultas médicas para tratar problemas de salud descuidados por años, pero rechazó todo lo que fuera más allá de eso. “Necesito hacer algunas cosas sola”, le explicó a su madre durante una de las visitas.
Necesito demostrarme a mí misma que puedo, no porque no confíe en ti, sino porque necesito reencontrarme. Elena aprendió a respetar eso, incluso cuando cada fibra de su ser gritaba por resolverlo todo, por facilitarlo todo, por usar su poder y dinero para abrir todas las puertas, pero estaba aprendiendo que el amor verdadero a veces significa dar, espacio, incluso cuando duele. Valeria empezó a asistir a un colegio privado cerca de la mansión. Al principio fue difícil. Estaba años atrasada respecto a los otros niños de su edad y la diferencia socioeconómica era abismal.
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