Había conseguido un trabajo en una pequeña librería en el barrio donde vivía. El sueldo era modesto, pero era suyo, fruto de su propio esfuerzo. Llegaba a casa cansada todos los días, pero había una luz en sus ojos que no existía antes. Era la luz de quien estaba recuperando su dignidad. su autonomía, su identidad. Elena visitaba la librería a veces, siempre discreta, siempre respetuosa. Compraba libros que no siempre iba a leer, pero que servían como excusa para ver a su hija trabajando, para tener unos minutos de conversación natural, sin el peso de las expectativas.
En esos momentos, Elena veía a Marisol no solo como su hija, sino como una mujer fuerte, superviviente, admirable. La relación entre madre e hija aún tenía sus dificultades. Había temas que se evitaban, heridas que aún dolían demasiado para ser tocadas, pero también había una honestidad nueva entre ellas. Cuando algo molestaba, hablaban. Cuando necesitaban espacio, lo pedían. Estaban aprendiendo a relacionarse de forma saludable, respetando los límites de la otra. Mateo también había pasado por transformaciones. Asumir más responsabilidades en los negocios familiares le hizo descubrir que tenía más capacidad de la que imaginaba, pero también le hizo cuestionarse si aquello era realmente lo que quería para su vida.
Una noche, durante una cena familiar que se había convertido en una tradición semanal, hizo un anuncio que sorprendió a todos. Estoy pensando en estudiar psicología. Elena casi deja caer el tenedor. Mateo siempre había sido el hijo dedicado a los negocios, el heredero natural del imperio que ella había construido. La idea de que quisiera seguir otro camino nunca se le había pasado por la cabeza. Psicología, ¿por qué? Mateo respiró hondo antes de responder, “Porque todo lo que ha pasado con nuestra familia me ha hecho darme cuenta de lo importantes que son las cuestiones emocionales, de lo mucho que necesitamos entender mejor a las personas, las relaciones, los traumas.
Quiero ayudar a otras familias a no pasar por lo que nosotros pasamos. Quiero marcar una diferencia de verdad.” El silencio que siguió fue pesado. Elena sintió el viejo impulso de controlar, de convencer a su hijo de que estaba cometiendo un error, de usar argumentos lógicos sobre la sucesión empresarial y las responsabilidades. Pero entonces miró a Marisol, que observaba la escena con atención, y a Valeria, que dibujaba en un cuaderno mientras escuchaba todo. Fue Valeria quien habló primero.
Me parece precioso, tío Mateo. vas a ayudar a mucha gente. La sencillez de la niña rompió la tensión. Marisol sonrió a su hermano. Yo te apoyo. Haz lo que haga feliz a tu corazón. Elena miró a los tres, su hijo queriendo cambiar de carrera, su hija reconstruyendo su vida desde cero, su nieta enseñando a todos sobre el valor y se dio cuenta de que el imperio que realmente importaba no era el de los negocios y el dinero, era aquel que estaba allí en esa mesa, la familia.
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