Elena observó a madre e hija abrazadas llorando juntas sobre aquel álbum precioso y se dio cuenta de algo fundamental. habían encontrado el camino de vuelta, no a lo que eran antes, porque aquello ya no existía, sino a algo nuevo, algo más fuerte, algo construido sobre la verdad, el respeto y el amor genuino. Y mientras la familia celebraba allí, en la mansión, que ya no era solo de Elena, sino de todos ellos, un pensamiento cruzó su mente. El anillo en su dedo había cumplido su misión.
había reunido lo que estaba separado, pero ahora les correspondía a ellos hacer que esa reunión valiera la pena. Les correspondía honrar la segunda oportunidad que la vida les había dado. Y por primera vez, en mucho tiempo, Elena tenía la certeza absoluta de que lo lograrían. Pasaron dos años desde aquel día en el restaurante. Dos años que parecían una vida entera de transformaciones, aprendizajes y reconstrucciones. La Fundación Valeria se había convertido en un referente en Madrid en la atención a niños en situación de vulnerabilidad.
Lo que empezó como un proyecto personal de Elena se transformó en una organización robusta con equipos dedicados, alianzas estratégicas y resultados concretos que cambiaban vidas a diario. Valeria cumpliría 15 años en pocos días y Elena planeaba una celebración especial, no una fiesta ostentosa como se esperaría de alguien con sus recursos, sino algo que tuviera un significado real, algo que honrara el viaje de aquella niña extraordinaria y todo lo que representaba para la familia. La sede de la fundación estaba en un edificio reformado en el centro de Madrid, estratégicamente situado para facilitar el acceso a las familias atendidas.
Elena pasaba al menos tres tardes a la semana allí, no solo participando activamente. Hablaba con los niños, escuchaba sus historias, entendía sus necesidades. Cada rostro que veía era un recordatorio de lo que Valeria había vivido, y eso la mantenía motivada en los días difíciles. Marisol se había convertido en el alma de la fundación. trabajaba allí a tiempo completo, coordinando no solo la acogida inicial, sino también el seguimiento a largo plazo de las familias. Su experiencia personal daba una legitimidad al trabajo que ningún título académico podría proporcionar.
Las madres que llegaban a la fundación, cansadas, avergonzadas, asustadas, veían en Marisol no a una figura de autoridad distante, sino a alguien que realmente las entendía, porque ella había estado allí. Una tarde, Elena estaba en su despacho de la fundación cuando Marisol entró sin llamar, algo que hacía solo cuando tenía algo importante que decir. Su rostro era diferente. Había un brillo en sus ojos que Elena no veía desde hacía mucho tiempo. “Mamá, necesito contarte algo.” Elena dejó los papeles a un lado inmediatamente, prestando total atención a su hija.
En los últimos dos años había aprendido que momentos como ese eran los más importantes, más que cualquier reunión de negocios o decisión corporativa. Marisol se sentó, respiró hondo y sonrió de una forma que iluminó todo su rostro. He conocido a alguien. Elena sintió que el corazón le daba un vuelco. En todos esos años, Marisol nunca había mencionado ninguna relación. La experiencia traumática que la llevó a desaparecer había dejado cicatrices profundas y siempre había mantenido una distancia segura de cualquier compromiso romántico.
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