“Mi madre tiene este anillo”, dijo la niña mendiga a la millonaria… hasta que…

Se llama Roberto, es profesor de literatura. Trabaja en un instituto público no muy lejos de aquí. Nos conocimos en la librería hace unos meses. Iba siempre a comprar libros y hablábamos de autores, de historias. Empezó como una amistad, pero se ha convertido en algo más. Elena vio vulnerabilidad y miedo en los ojos de su hija. Marisol se estaba abriendo, permitiéndose confiar de nuevo, y eso era al mismo tiempo hermoso y aterrador. “¿Le has contado lo del pasado?”, Marisol asintió.

“Se lo conté todo. Lo de la desaparición, lo de Valeria, lo tuyo, todo.” Escuchó sin juzgar. Dijo que el pasado de una persona no define quién es hoy. Dijo que soy una de las mujeres más valientes que conoce. Las lágrimas empezaron a caer por el rostro de Elena. Ver a su hija permitiéndose ser feliz de nuevo, permitiéndose creer en alguien, era una de las cosas más bonitas que jamás había presenciado. Me gustaría mucho conocerlo. Marisol sonrió aliviada.

Él también quiere conocerte. y a Valeria. Sabe lo importante que es ella para mí. Aquella noche, durante la cena familiar que seguía siendo una tradición sagrada, Marisol contó la noticia. Valeria se puso entusiasmadísima haciendo ya mil preguntas sobre Roberto, sobre cuándo lo conocería, sobre si le gustaba dibujar. Mateo abrazó a su hermana, feliz de verla finalmente, permitiendo que alguien nuevo entrara en su vida. Y Elena observó todo con un sentimiento de paz que no sabía que era posible sentir.

Su familia estaba creciendo, expandiéndose, creando nuevos lazos. Y esta vez ella no estaba intentando controlar nada, estaba simplemente presente, apoyando, celebrando. Los preparativos para el cumpleaños de Valeria avanzaban. Elena había decidido celebrar la fiesta en la propia fundación, invitando no solo a la familia y amigos cercanos, sino también a los niños atendidos por la organización. Quería que fuera una celebración inclusiva que demostrara que todos los niños, independientemente de su origen, merecían alegría y reconocimiento. Valeria participó en cada detalle de la planificación.

Eligió un tema que reflejaba quién era ella, arte y transformación. pidió que las paredes de la fundación se transformaran temporalmente en galerías, exhibiendo no solo sus propios dibujos, sino también trabajos de los otros niños. Quería que aquel día celebrara no solo a ella, sino a todos los que habían encontrado esperanza a través de la fundación. Mateo, que ya estaba en el segundo año de psicología y hacía prácticas en la propia fundación, organizó actividades lúdicas para los niños.

Creó estaciones de pintura, cuentacuentos, juegos cooperativos. Había encontrado su propósito y era visible lo feliz que estaba. Había empezado a salir con una compañera de facultad, Clara, una joven dedicada y amable que encajó perfectamente en la familia. En la víspera del cumpleaños, Elena estaba en casa terminando algunos detalles cuando sonó su teléfono. Era un número desconocido. Dudosa, contestó, “Diga.” La voz al otro lado era masculina, vacilante. “Señora Elena Valenzuela. Mi nombre es Roberto Sánchez. Soy bueno, soy el novio de Marisol.” Ella me dio su contacto.

Elena sonrió. Roberto sonaba nervioso y había algo encantador en ello. Hola, Roberto. Marisol me ha hablado de ti. Hubo una pausa y luego Roberto continuó con voz más firme. Señora Elena, sé que puede parecer precipitado, pero llamo porque quiero hacer las cosas de la manera correcta. Estoy enamorado de su hija. Quiero pedirle matrimonio, pero no quiero hacerlo sin su bendición. Marisola ha pasado por mucho y sé lo importante que es su familia para ella. Así que antes de nada necesitaba hablar con usted.

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