“Mi madre tiene este anillo”, dijo la niña mendiga a la millonaria… hasta que…

Mateo seguía en el coche de atrás con dos guardias de seguridad. Había insistido en que su madre no fuera sola, que aquello podría ser peligroso, que necesitaban protección. Elena apenas lo había escuchado. Su mente estaba completamente enfocada en una sola cosa. Marisol, su hija estaba viva, respiraba, existía y en pocos minutos estarían frente a frente de nuevo. El trayecto mostró un contraste brutal. Salieron del barrio de Salamanca, atravesaron la zona centro. Pasaron por barrios que iban perdiendo gradualmente el brillo hasta llegar a una zona que Elena conocía solo por las noticias.

Casas amontonadas, calles estrechas y malas faltadas, cables eléctricos enredados formando telarañas peligrosas sobre sus cabezas. Niños jugaban descalzos en la calle, hombres conversaban en las esquinas, mujeres cargaban bolsas pesadas. Era otro mundo, un mundo que siempre había existido paralelamente al suyo, pero que Elena nunca había necesitado ver de verdad. Ahora, cada detalle gritaba ante sus ojos, cada rostro cansado, cada construcción precaria, cada señal de lucha diaria por la supervivencia. Y en algún lugar de aquel universo paralelo, Marisol había pasado los últimos 13 años.

La culpa empezó a oprimir el pecho de Elena con Pins, una fuerza casi insoportable. El coche se detuvo frente a un edificio viejo de cuatro pisos con la pintura descascarada y grietas visibles en las paredes. No había portero ni interfono, solo una puerta de metal oxidada que chirriaba al ser empujada. Valeria bajó del coche y miró a Elena con una expresión que mezclaba miedo y esperanza. Es aquí. Tercer piso. Apartamento 302. Elena respiró hondo, intentando controlar el torbellino de emociones que amenazaba con derrumbarla.

Mateo se acercó tocando su hombro con delicadeza. Mamá, voy contigo. Ella sacudió la cabeza con los ojos aún fijos en el edificio. No, necesito hacer esto sola primero. Pero antes de que Mateo pudiera protestar, Elena ya estaba caminando hacia la entrada, siguiendo a Valeria. Los guardias se quedaron atrás, respetando su decisión, pero manteniéndose alerta. La escalera era estrecha y oscura, iluminada solo por una bombilla débil que parpadeaba intermitentemente. El olor a humedad impregnaba el aire mezclado con olores de comida.

Cada escalón que Elena subía parecía un descenso simbólico a un lugar que siempre había ignorado, que siempre había fingido que no existía tan cerca de su mundo perfecto. En el tercer piso, Valeria se detuvo frente a una puerta de madera desgastada con la pintura azul casi inexistente. La niña miró a Elena como pidiendo permiso y luego llamó suavemente. Mamá, soy yo. Traigo a alguien. Hubo un silencio. Después el sonido de pasos arrastrados. La puerta se abrió solo una rendija y a través de ella Elena vislumbró un rostro que la hizo sentir como si el suelo hubiera desaparecido bajo sus pies.

Marisol, más delgada, con la piel pálida y marcada por el cansancio, el cabello castaño ahora largo y sin brillo, las ojeras profundas revelando noches de mal sueño. Pero era ella, inconfundiblemente ella, los mismos ojos verdes que Elena veía todos los días en sus recuerdos, la misma curva delicada de la nariz, la misma expresión que se volvía aún más intensa cuando estaba sorprendida o asustada. Marisol abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Sus ojos se abrieron de par en par al reconocer a la mujer parada frente a ella.

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