Mi marido decidió que él era el dueño, pero el apartamento era mío.

Etapa 1: La cuchara saltó, y algo en Svetlana finalmente encajó.
Svetlana se quedó en el umbral del segundo apartamento, mirando a su suegra con tanta calma que Irina Arnoldovna se sintió incómoda. Estaba acostumbrada a algo más: excusas, "Bueno, ya me entiendes", la silenciosa vergüenza de su nuera. Pero aquí, una gélida cortesía que le provocó escalofríos.

"Por favor, prepárate. Tu tiempo aquí se acabó", repitió Svetlana en voz baja.

Irina Arnoldovna parpadeó. Los rulos de su cabeza rebotaron, como si también estuvieran indignados.

"Tú... ¿qué estás diciendo?" Dio un paso adelante, bloqueando la puerta. "¡Vivo aquí! ¡Pensaba registrarme aquí! Tú misma lo dijiste: 'Vive el tiempo que quieras'".

"Lo dije", asintió Svetlana. "En aquel entonces, creía que éramos una familia.
Y ahora me han dicho sin rodeos que soy una 'vaga' y que debería 'ir a trabajar'."

Mi suegra se irguió en su asiento.

"¡Y tienes razón!", exclamó. "El hombre es el único que puede con esto, y tú... ¡quédate en casa! ¡Quedarse en casa no requiere mucha inteligencia!"

Svetlana arqueó ligeramente las cejas.

"Excelente", dijo. "Entonces serás la persona indicada para ayudar a tu hijo.
Múdate con él. Hoy mismo."

"¡¿Me estás echando?!", la voz de Irina Arnoldovna se elevó hasta convertirse en un chillido.

"Voy a dejar de darte alojamiento", aclaró Svetlana con calma. "Hay una gran diferencia."

Etapa 2: "¡Me he comprado un armario!" - cuando el de otra persona se convierte en "mío". Mi suegra intentó usar la principal arma de todos los "inquilinos temporales": las inversiones.

"¡Me compré un armario!", exclamó. "¡Quería... cambiar el papel pintado! ¡Estoy haciendo borsch! ¡¿Te das cuenta de lo que haces?!"

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