Mi marido decidió que él era el dueño, pero el apartamento era mío.

"Perdóname."
"He comprendido muchas cosas."
"¿Puedo al menos verte?"

Svetlana leyó y no respondió de inmediato. Porque no podía Finalmente eligió no por miedo, sino por respeto a sí misma.

Y un día oyó un suave ruido en la cocina: una cuchara al caer.
Y por primera vez, no le dio escalofríos.
Porque ahora, en su casa, no golpeaban la mesa para imponer su autoridad.

En su casa, la autoridad era simple:
Quien respeta se queda. Quien humilla se va.

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