"¿Cuánto hay, papá?", preguntó con curiosidad.
Su padre simplemente sonrió misteriosamente.
"Lo suficiente como para ser un ancla. Si alguna vez sientes que tu barco se va a hundir, usa esto. Pero mientras puedas navegar, no toques este ancla".
Zelica nunca la había usado. Se olvidó de ella. Estaba ocupada con la universidad. Entonces conoció a Quacy, ocupado construyendo el imperio de su esposo. Siempre pensó que la cuenta tendría como máximo unos pocos cientos: el resto de una asignación que no se usaba.
Pero esta noche, esta noche su barco no solo se iba a hundir. Su barco ya estaba...
Voló en pedazos.
Apretó la tarjeta con fuerza. Los diez dólares de su billetera no le alcanzaban para nada. Pero tal vez, tal vez, el resto del dinero de su padre le alcanzaría para comprar un billete de autobús de vuelta a Alabama.
Una pequeña esperanza, tan tenue como un hilo, comenzó a brillar en su pecho oprimido.
Zelica no durmió en toda la noche. Se refugió bajo el toldo de una tienda cerrada, abrazando fuerte su bolso de lona, esperando a que amaneciera. Estaba sucia, hambrienta y asustada. Pero la tarjeta descolorida le calentaba en la mano.
A las 8:00 a. m., ya estaba frente a la sucursal de Heritage Trust of the South en una calle lateral del centro de Atlanta.
El lugar era exactamente como lo recordaba de sus visitas de infancia: un viejo edificio de piedra que parecía anclado en el pasado, lejos de la impresión de los modernos bancos de cristal y acero donde Quacy guardaba su dinero.
Dentro, el ambiente era tranquilo. Solo había dos cajeros y un mostrador de atención al cliente. El olor a papel viejo y polvo dominaba la habitación.
Zelica tomó un número. Era la única clienta.
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