Mi marido me echó después de nuestro divorcio y fui a un banco estadounidense con la tarjeta vieja que me había dejado mi padre. En cuestión de segundos, el personal se quedó paralizado, se apresuró a llamar al gerente y susurró: «Verifique el nombre de esta cuenta», destapando así un secreto familiar que lo cambió todo.

La llamaron al mostrador de atención al cliente, atendido por un joven con camisa blanca. Su etiqueta decía: Kofi.

"Buenos días, señora. ¿En qué puedo ayudarla?"

Kofi fue educado, aunque sus ojos reflejaban cierta confusión al ver el aspecto algo desaliñado de Zelica.

"Buenos días", dijo Zelica. Su voz era ronca. "Me gustaría consultar el saldo, pero la tarjeta es muy vieja. También he olvidado el PIN".

Le entregó la tarjeta azul descolorida.

Kofi la tomó, le dio la vuelta y frunció el ceño.

"¡Vaya, señora, esta tarjeta es antigua! Este es nuestro antiguo logo".

"¿Aún se puede usar?", preguntó Zelica con ansiedad.

"Lo comprobaré, señora".

Kofi tomó la identificación de Zelica, que coincidía con el nombre: Zelica Okafor. Empezó a escribir en su ordenador. El sistema parecía lento. Kofi tecleó, hizo clic y volvió a fruncir el ceño.

"¡Qué raro!", murmuró.

"¿Qué pasa?"

El corazón de Zelica latía con fuerza.

"Los datos no llegan directamente, señora. Nuestro sistema antiguo a veces es un poco lento. Parece que esta cuenta está inactiva o inactiva. ¿Cuánto tiempo hace que no hay transacciones?"

"Quizás... veinte años", respondió Zelica con vacilación.

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