Mi marido me echó después de nuestro divorcio y fui a un banco estadounidense con la tarjeta vieja que me había dejado mi padre. En cuestión de segundos, el personal se quedó paralizado, se apresuró a llamar al gerente y susurró: «Verifique el nombre de esta cuenta», destapando así un secreto familiar que lo cambió todo.

Los ojos de Kofi se abrieron de par en par.

"Veinte años. Un momento, señora. Voy a intentar acceder al servidor manual".

Sus dedos volvieron a bailar sobre el teclado. La pantalla de su ordenador parpadeó, mostrando filas de código verde que Zelica no entendía.

Silencio. Solo se oía el sonido del teclado y el ruido del aire acondicionado.

Zelica se mordió el labio.

Se acabó, pensó. Seguramente la cuenta se ha cerrado, el dinero se ha perdido.

Kofi se rascó la cabeza.

“Qué raro. El saldo no aparece, señora. Pero hay una especie de alerta, una alerta en esta cuenta. Una alerta de alto nivel.”

“¿Alerta? ¿Significa que tengo una deuda?” Zelica entró en pánico.

“No, no, deuda no. Nunca había visto un código como este. Un momento, señora.”

Kofi escribió una serie de comandos. La computadora pareció pensar un momento. Entonces, en la pantalla de Kofi, apareció algo.

El rostro de Kofi, que antes estaba relajado, cambió de repente. Se puso pálido. Sus ojos se abrieron de par en par, pegados al monitor.

“¿Señor Kofi?”, gritó Zelica.

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