Su mirada era fría, vacía de reconocimiento. Llevaba una bata de seda —la bata de ella— y en su cuello, inconfundible y fresca, había una mancha de lápiz labial rojo brillante.
"Ah", dijo con indiferencia, casi divertido. "Ya has vuelto".
Zelica sintió que el mundo se tambaleaba.
"Quacy..." Su voz tembló. "¿Por qué no funciona mi llave?"
"Porque cambié las cerraduras", respondió secamente, con su cuerpo todavía bloqueando la puerta.
Del interior del apartamento llegaron risas.
Luz. Despreocupada. Femenina.
"Cariño", llamó una voz, juguetona y perezosa, "¿quién es? Si es un abogado, que se vaya a la mierda".
Una mujer apareció a la vista.
Joven. Impresionante. Segura de sí misma.
Aniya.
Zelica la reconoció al instante: la modelo de Instagram, siempre impecable, siempre buscando atención en línea. La mujer que la había inquietado mucho antes, aunque nunca había podido explicar por qué.
Aniya llevaba la bata de seda de Zelica. La que Zelica se había comprado para su aniversario de bodas el año pasado.
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