Quacy tomó la bolsa y la arrojó a los pies de Zelica. El contenido se desparramó un poco. Solo ropa vieja y una cartera.
“Esas son tus cosas. El resto lo tiré”, dijo.
Luego arrojó un sobre marrón sobre la bolsa.
“Esos son los papeles del divorcio. Ya los firmé. Dentro hay un acuerdo. Todos los bienes: este ático, los coches, la empresa; todo está a mi nombre. Llegaste a este matrimonio sin nada. Te vas sin nada”.
Las lágrimas finalmente escaparon de los ojos de Zelica. Esto no era solo una humillación. Era una aniquilación.
“Tú… tú no puedes hacer esto.”
“Oh, sí que puedo. Y ya lo he hecho.”
La miró con ojos fríos como el hielo.
“Firma esos papeles. Si te portas bien y no reclamas los bienes conyugales, quizá sea generoso y te dé dinero para un billete de autobús Greyhound de vuelta a tu pueblito de Alabama.”
Algunas personas en el vestíbulo empezaron a susurrar. Al ver la escena, Zelica se sintió desnuda.
“Salgan”, siseó Quacy.
“Pero esta también es mi casa.”
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