Miré al público, lleno de mujeres y hombres dispuestos a aprovechar nuevas oportunidades.
“Y cuando aprendes a respetarte a ti mismo, la vida siempre te ofrece un nuevo comienzo.”
Los aplausos llenaron el auditorio.
Esa noche, de camino a casa, me quité los tacones y miré la ciudad iluminada por la ventanilla del coche.
Por primera vez en mucho tiempo, ya no había secretos, ni pruebas que superar, ni máscaras que usar.
Solo paz.
Y comprendí algo simple, pero poderoso:
La verdadera promoción esa noche… nunca fue de Laurent.
Fue mía.
Y esta vez, nadie volvería a hacerme sentir menos de lo que soy.
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