sin palabras. La expresión de Marl cambió de soca furia en cuestión de segundos.
Sus mejillas se enrojecieron y sus ojos se entrecerraron como los de una serpiente a punto de atacar. se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal, como siempre hacía cuando quería intimidarme. ¿Sabes qué, Susana? Siempre supe que eras una egoísta, pero esto, esto es el colmo. Su voz se volvió
venenosa, cada palabra cargada de desprecio.
“Mi familia viene de lejos, algunos desde otros países. ¿Y tú? Vas a arruinarles la Navidad por un capricho. Un capricho. 5 años de maltrato, humillación y abuso emocional. Y ella lo llamaba un capricho. Sentí como la rabia subía por mi pecho, pero me mantuve serena. Había aprendido a controlar mis
emociones después de tanto tiempo siendo su víctima.
No es mi problema, respondí con una calma que la descolocó aún más. Deberías haber consultado antes de invitar a 25 personas a mi casa. Nuestra casa”, gritó perdiendo completamente la compostura. Renato es tu hijo. Esta casa será nuestra algún día. Ahí estaba. La verdad que siempre había estado
flotando en el aire, pero que nunca se había dicho en voz alta. Marlén no me veía como familia.
Me veía como un obstáculo temporal antes de heredar todo lo que yo había construido con años de trabajo y sacrificio. “Interesante perspectiva”, murmuré observando como sus pupilas se dilataban de pánico al darse cuenta de lo que había revelado. “Muy interesante. En ese momento escuché las llaves
en la puerta principal. Renato había llegado del trabajo.
Marlén corrió hacia el como una niña que va a quejarse con papá, sus tacones golpeando el piso con urgencia desesperada. Renato, Renato, tu madre se ha vuelto loca. Dice que no va a ayudar con la Navidad. Dice que se va a ir de vacaciones y nos va a dejar solos con toda mi familia. Escuché sus
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