Cuando Michael enfermó el año pasado, volví a casa sin pensarlo dos veces. Le cocinaba, lo llevaba a todas sus citas, me sentaba a su lado cuando el dolor lo hacía callar. No porque me sintiera obligado.
Porque era mi padre en todos los sentidos.
Después del funeral, la casa se llenó de amables condolencias y el tintineo de los platos. Alguien rió demasiado fuerte en la cocina. Un tenedor raspó la porcelana.
Me quedé en el pasillo con un vaso de limonada que no había probado. La casa aún olía a él: a cera para madera, loción para después del afeitado y un suave jabón de lavanda que él siempre insistía en que no era suyo.
La tía Sammie se acercó sigilosamente a mi lado.
"No tienes que quedarte aquí sola", dijo con dulzura. "Ven a quedarte conmigo".
"Esta es mi casa", respondí.
Su sonrisa permaneció fija. "Hablamos luego".
Entonces oí mi nombre.
"¿Clover?"
Me giré.
Un hombre mayor estaba allí, quizá de sesenta y tantos. Bien afeitado, con el rostro surcado de arrugas. La corbata le apretaba demasiado el cuello, como si alguien más la hubiera anudado. Sostenía la taza con ambas manos como si fuera a caerse.
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