Mi padrastro me crio como si fuera su hijo después de que mi madre falleciera cuando tenía 4 años. En su funeral, las palabras de un hombre mayor me llevaron a una verdad que me habían ocultado durante años.

Si algo me pasa, no dejes que se la lleven.

Apreté el papel contra mi pecho y cerré los ojos. El suelo del garaje estaba frío, pero el dolor en mi corazón lo ahogaba.

Michael había llevado este peso solo.

Y nunca dejó que me afectara.

El abogado programó la lectura del testamento para las once. La tía Sammie llamó a las nueve.

"Sé que el testamento se lee hoy", dijo con dulzura. "¿Quizás podríamos ir juntas? La familia debería sentarse junta".

"Nunca te sentaste con nosotros", respondí, sin saber qué más decir.

"Ay, Clover. Eso fue hace siglos".

Hubo una pausa, breve pero deliberada.

"Sé que las cosas eran tensas en aquel entonces", continuó. "Tu madre y yo tuvimos… complicaciones". Y Michael... bueno, sé que te importaba.

"¿Te importaba?", repetí. "¿En pasado?".

Otro silencio.

"Solo quiero que hoy sea un día tranquilo. Para todos."

En la oficina, saludó al abogado como a un viejo conocido, me besó en la mejilla y dejó tras de sí un aroma a loción de rosas. Unas perlas le rodeaban el cuello. Llevaba el pelo recogido con cuidado en un moño juvenil. Se secaba los ojos solo cuando otros la miraban.

Cuando terminó la lectura del testamento y el abogado preguntó si había preguntas, me puse de pie.

Sammie se volvió hacia mí, con las cejas arqueadas en una cautelosa expresión de compasión.

"Me gustaría hablar."

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