Mi padrastro me pegaba todos los días para entretenerse. Un día me rompió el brazo, y cuando me llevamos al hospital, mi madre dijo: «Fue porque se cayó de la bicicleta sin querer». En cuanto el médico me vio, cogió el teléfono y llamó al 911.

"Mereces estar a salvo".

Una trabajadora social, Sara Lind, llegó con una manta cálida y una voz firme.

"No vas a volver esta noche", prometió. "Lo solucionaremos todo, paso a paso".

Las semanas siguientes fueron difíciles: reuniones, preguntas, papeleo, terapia, pero por primera vez, los adultos que me rodeaban estaban haciendo lo que se supone que deben hacer los adultos: proteger a una niña.

Nadine intentó disculparse. Dijo que "no sabía qué hacer". La escuché una vez y luego respondí la única verdad que importaba.

"Podrías haberme protegido".

Más tarde, cuando el juez me preguntó dónde quería vivir, mi corazón latía tan fuerte que apenas podía oírme.

Miré a las personas que habían acudido, día tras día, sin necesidad de que les suplicaran.

Y dije: «Quiero quedarme donde estoy a salvo».

No fue venganza.

Fue supervivencia.

Y fue la primera decisión que tomé por mí misma.

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