Excepto que el dinero nunca parecía "cuidado" cuando se trataba de Sophie.
Así que me esforcé más. Me hice más pequeña. Aprendí a leer los estados de ánimo antes de que entraran en una habitación. Limpiaba, cocinaba, arreglaba, ayudaba, como si pudiera ganar justicia mediante la obediencia.
Pero nada cambió.
A los diecisiete, algo dentro de mí se endureció. Dejé de buscar la aprobación de mi padre porque no podía seguir golpeándome contra una puerta que nunca se abría.
Me concentré en una sola cosa: escapar.
La escuela se convirtió en mi plan, mi vía de escape, mi prueba de que podía construir una vida sin un afecto racionado.
Cuando obtuve una beca completa para estudiar Psicología en la Universidad de Sevilla, me sentí orgullosa, hasta que miré al otro lado de la mesa y vi la reacción de mi padre.
Asintió rotundamente y dijo:
"Solo asegúrate de no convertirte en una carga".
Incluso entonces, una parte de mí aún deseaba una frase que nunca recibí:
"Estoy orgullosa de ti".
H2: La llamada que reescribió mi infancia
La universidad fue el primer lugar donde pude respirar. Comía lo que quería sin disculparme. Elegía amigos sin andar con rodeos. Empecé a entender los sistemas familiares, no como "destino", sino como patrones que las personas repiten hasta que alguien las interrumpe.
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