Tan solo ocho días después de la muerte de mi madre, mi padre se casó con su hermana.
Mientras los invitados alzaban sus copas de champán y posaban para las fotos, me quedé de pie detrás del cobertizo, escuchando una revelación que lo desmoronó todo. Comenzó con una sola frase en voz baja y terminó con un secreto que nunca imaginaron que descubriría.
Crees saber lo que se siente tocar fondo.
Crees que es cuando llaman a la puerta. El policía parado torpemente en tu pasillo, preguntándote si eres Tessa. Crees que es el sonido que hace tu padre, algo entre un sollozo y un aullido, como si alguien se estuviera partiendo en dos.
Crees que es el momento en que tus rodillas tocan el suelo antes de que tu mente pueda procesar las palabras.
Crees que ese es el punto más bajo.
Pero te equivocas.
Tocar fondo es estar de pie en tu patio trasero ocho días después, viendo a tu padre con un boutonniere, de la mano de tu tía.
Tenía 30 años cuando mi madre, Laura, murió en un accidente de coche. En un momento estaba recogiendo una receta. Al siguiente, un agente uniformado estaba en nuestro porche, con el sombrero en la mano, diciendo palabras que no pertenecían a nuestra casa.
Los días siguientes se confundieron: guisos, tarjetas de condolencias, flores marchitas. Y mi tía Corrine llorando más fuerte que nadie.
"Saldremos de esto", repetía una y otra vez. "Te lo prometo, Tessa".
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