Pasaron horas. Mi teléfono estaba roto y la linterna apenas funcionaba, así que me obligué a explorar para no entrar en pánico. En una de las paredes noté varias piedras sueltas. Al retirarlas, apareció un cofre antiguo, sellado pero intacto.
Dentro había monedas de oro, documentos notariales y un testamento fechado a finales del siglo XIX. El texto era claro:
quien descubriera el cofre oculto en el pozo del olivar se convertiría en el heredero legítimo de las propiedades familiares. Había firmas, sellos y registros: todo era legalmente válido.
Sentí que el aire me abandonaba.
En ese momento entendí por qué Carmen me había odiado con tanta intensidad: el testamento no mencionaba ningún apellido, solo al descubridor.
Yo tenía la prueba.
Con una fuerza que no sabía que tenía, empecé a golpear las piedras y a gritar. Al caer la tarde, algunos vecinos escucharon mis gritos y llamaron a los servicios de emergencia. Me rescataron con vida.
Mientras me envolvían en una manta, vi a Carmen entre la multitud, pálida. Yo apretaba el testamento contra mi pecho. Y en ese instante comprendí que no solo había sobrevivido… legalmente, todo ya había cambiado.
El hospital confirmó mis lesiones y la policía tomó mi declaración. No dudé en decir la verdad: el empujón, el pozo, el abandono. Carmen lo negó todo y afirmó que había sido un accidente. Pero los vecinos hablaron de la hostilidad abierta que ella siempre me había mostrado, y uno de ellos declaró haber visto el empujón. El caso avanzó por la vía legal.
Javier estaba devastado. Lloró al ver mis heridas y al leer el testamento. No sabía nada del cofre. Su abuelo había muerto joven y los temas de herencia siempre se habían evitado en la familia. Contratamos a una abogada, María Torres, especialista en derecho sucesorio. Ella examinó los documentos, los sellos y los registros históricos. Todo coincidía. El pozo aparecía en antiguos planos de la finca, y el testamento estaba inscrito en un protocolo notarial de la época.
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