El grito desgarrador de Camila Ferreira resonó por toda la mansión colonial de San Ángel como un eco de muerte. Su cuerpo rodaba sin control por los escalones de mármol carrara. Cada golpe era un martillazo contra sus sueños de ser madre. La sangre comenzó a manchar el vestido color marfil que había elegido con tanto cariño esa mañana. “Dios mío, ¿qué pasó aquí?”, gritó la empleada doméstica Rosario, corriendo hacia el cuerpo inmóvil de la joven de 23 años. Arriba, en el rellano del segundo piso, Esperanza Mendoza observaba la escena con una frialdad que helaba la sangre.
Sus ojos grises no mostraban ni una pisca de remordimiento. La matriarca de 62 años acomodó su collar de perlas genuinas y bajó lentamente como si nada hubiera pasado. “Fue un accidente terrible”, murmuró con voz calculada. La pobrecita resbaló. “Estos pisos de mármol son muy peligrosos cuando están húmedos.” Pero había mentido. 5 minutos antes, cuando Camila subía tranquilamente por esas escaleras, acariciando su vientre de 4 meses de embarazo, Esperanza la había seguido como una serpiente. Las palabras venenosas habían salido de sus labios perfectamente pintados de rojo carmesí.
¿Creíste que con ese bebé ibas a asegurar tu lugar en esta familia, ¿verdad, niña estúpida? Camila se había volteado confundida, sus ojos color miel brillando de lágrimas contenidas. Señora Esperanza, yo solo quiero que seamos una familia feliz. Familia, había escupido la suegra. Tú no eres más que una casafortunas que engañó a mi hijo, pero eso se acaba hoy. Y entonces había pasado. Las manos de esperanza, adornadas con anillos de diamantes, se habían estrellado contra el pecho de Camila con una fuerza brutal.
El empujón fue calculado, certero, mortal. Ahora, mientras los paramédicos corrían por el pasillo de mármol negro, Esperanza actuaba como la suegra preocupada. Lágrimas falsas rodaban por sus mejillas perfectamente maquilladas. Mi pobre nuera, el bebé de mi hijo. Soyloosaba teatralmente. Ricardo Mendoza, de 31 años, llegó corriendo desde su oficina en el Distrito Federal. Su traje de diseñador italiano estaba arrugado por la desesperación. Al ver a su esposa inconsciente sobre una camilla, sus piernas temblaron. “¿Qué pasó, mamá? ¿Qué pasó con Camila?
Fue horrible, mi amor.” Susurró Esperanza abrazando a su hijo. Subí a las escaleras y de repente se resbaló. Yo estaba en el jardín cuando escuché el grito. Otra mentira perfectamente ensayada. En la ambulancia, camino al Hospital Ángeles de Polanco, Camila abría y cerraba los ojos. Su mano instintivamente buscaba su vientre, pero el dolor era insoportable. Una imagen borrosa se repetía en su mente, las manos de esperanza empujándola, la sonrisa siniestra, la frialdad de esos ojos grises. Pero cuando el Dr.
Sebastián Rodríguez salió del quirófano tres horas después, su rostro lo decía todo. Ricardo se desplomó en la silla de la sala de espera del hospital. Lo siento mucho, señor Mendoza. Hicimos todo lo posible, pero las palabras se perdieron en el aire como humo. El bebé no había sobrevivido. Esperanza, que había permanecido en silencio, dejó escapar una lágrima que esta vez sí era real, pero no era de dolor, era de alivio. Tres semanas después del accidente, la mansión Mendoza en San Ángel parecía envuelta en un manto de luto que se extendía por cada rincón de sus 4000 m².
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